sábado, 1 de junio de 2013

En llegando el veranito

Qué cosa más extraña es la vida. Te despiertas un día de impass y cuando te acuestas parece como si el día no hubiera existido. Siempre ocurre en esta época del año: vamos atolondrados, pensando en los kilos de  más, las depilaciones o el nuevo bikini; a eso le unimos las notas, las funciones de fin de curso, las matriculas para el año que viene, empezamos a programar las vacaciones, comprar billetes, reservar alojamientos... y, en definitiva, no nos centramos. Llegan el Día de las Fuerzas Armadas y el Corpus Christi y se nos va. Así de claro. El mundo nos huele a sardinas asadas y leña de pino, el viento nos trae el sonido de las olas, el azul del cielo va escondiendo otros colores, y los larguísimos días nos dejan ver y escuchar a las aves migratorias de Gustavo Adolfo Bécquer, ya fueran estas golondrinas, aviones o vencejos, que al fin y al cabo era poeta, no ornitólogo. En esta época del año, la de los partidos de ascenso y el Roland Garros -en mis años mozos en esta época del año Indurain nos regalaba un Giro- ese atolondramiento llega a todos los ámbitos de la sociedad. Nuestros políticos y nuestros periodistas entran en ese febril estado que tan bien describiera Kenneth Grahame en Viento en los Sauces (1908). Las amas de casa empiezan a desprenderse de cosas inútiles que han guardado todo el invierno, empieza el cambio de maletas (la ropa de invierno, la ropa de verano) y reina un desasosiego que cualquiera puede notar. Sólo hay que leer los periódicos esta semana para darse cuenta de que todo el mundo está acabando algo, seguramente provocado por que ya  desde pequeños nos han enseñado que el año acaba, más o menos, el día de San Juan ¿Como, que el año acaba el treinta y uno de Diciembre? Eso no se lo cree nadie. Ese día lo que se acaba, bien lo sabemos los de Ferrol, es el almanaque.

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