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viernes, 28 de febrero de 2014

Lucita

Te vas con tus hermanas sin avisos
dejando atrás recuerdos imborrables
de tardes de verano y de tortilla.
Allí donde termines, te lo ruego,
no dejes de acordarte de nosotros,
que nosotros así también lo haremos.

Tu vida se termina una mañana
de pronto -y como siempre- una llamada
anuncia tu deceso: Estoy seguro
de que dentro de un tiempo nos veremos.

Y se acabó el Agrande, al mismo
yo creo que ya nunca volveremos
y cuando las industrias y el progreso
terminen con los sitios que vivisteis
un día pasaremos
con el alma cargada de nostalgia
y a alguno le diremos:
Aquí un día vivieron tres hermanas
que siempre nos trataron con cariño,
que siempre nos cuidaron sin pedirnos
ningún favor a cambio.
Llenaron las despensas con sus huertas,
nos hicieron crecer con sus regalos
y ahora que ya se han ido sólo viven
en los pocos recuerdos que tengamos.

Y el día que nos muramos, como siempre,
vendréis a recogernos, respetuosas:
Ya está el señor en casa, y la señora
ha salido a rezar con sus hermanas.

Y así será de nuevo: Las gallinas,
patatas y frutales, las acelgas,
la bolla de patrón... o así lo espero;
yo no quiero aceptar que se ha acabado
de pronto mi niñez en ese Castro
en que ladraba un perro y una vaca
respondía a lo lejos por la Virgen
y en que Papá decía: "Venga niños,
despediros, nos vamos, dar las gracias"
y de tierra manchados, con rasguños
y olor a estar viviendo repetíamos:

"- Adios Lucita, Herminia, Carmen: gracias.
- A vosotros, señor ¿Yo cuando vuelvo?
- Cuando quiera, me llama y yo la traigo."

Un beso tierno y un pañuelo blanco
que sale del mandil y así, felices,
tras esa libertad que producía
correr, saltar, jugar y con tu abrazo,
tres manzanas, dos peras y cansados
volvíamos en el coche sin tormentos,
ni penas ni otras cuitas e ignorando
que un día os marchariais y nosotros
con cara de apenados observando
atónitos el fin de nuestra infancia
y de un mundo que aquí tal vez no vuelva:

El mundo de la paz y la ignorancia
de todo aquello que nos hace malos
y que impide que seamos como niños.

Recibe desde aquí nuestro cariño.

sábado, 23 de noviembre de 2013

El castillo

Estos días lluviosos y húmedos siempre me acuerdo de una excursión hecha hace más de dos décadas con mi padre a lo que nosotros llamábamos la Torre de Andrade y que aparece nominada indistintamente como "torre" o "castillo" según dónde lo leas. En realidad es una fortaleza defensiva que cuenta con una torre bastante notoria dado lo reducido de su perímetro. Actualmente es una atalaya que puede visitarse si encuentras el horario y el sitio, porque no está especialmente bien indicado. El sitio merece la pena y, además de gozar de un espectacular dominio sobre todas las tierras que lo rodean está tan cerca de las Fragas del Eume que puedes encontrarte casi cualquier bicho dependiendo de a qué hora decidas visitarlo.

Pero yo hace muchos años que no paso por allí y no puedo contaros si se puede aparcar, si hay algún local para tomar algo o si hay un área recreativa para que se desfoguen vuestros hijos o nietos, porque no tengo la menor idea. Lo que sí podría relataros con todo lujo de detalles es como mis botas de agua entre una crecida hierba llena de gotas de orballo ahuyentaba decenas de pequeñas ranitas que mis hermanos y yo nos entreteníamos en atrapar, sin saber muy bien qué hacer después con ellas. Recuerdo vagamente aquellos años: La ciudad era un hervidero de drogadictos y de huelgas y la generación del baby-boom bebíamos por las calles sin saber que participábamos del nacimiento de la cultura del botellón. Caranza era territorio comanche, así como las casas baratas, las sindicales o los aledaños de las estaciones. los marcial, los de la churrería y gitanos de Los Corrales, Freixeiro y Catabois paseaban en cochazos y nunca pasaba nada aparte de que los jóvenes estábamos muertos de miedo todo el día. Qué hermosos fueron los ochenta, con sus cientos de atentados de ETA, los atracos y secuestros del GRAPO, la nunca explicada época de los yonkies y los pelotazos de los socialistas con carné.

Mi padre, al que tanto debo, nos metía en el coche como a los payasos del circo y nos iba enseñando la mágica comarca en la que nos tocó crecer y a él le toco morir. Y añoro esos años incluso con sus jeringuillas, con su SIDA, con sus telediarios gore y las portadas pornográficas en los kioskos, pero sólo la añoro porque íbamos a Chamorro y subíamos hasta que mi padre nos mandaba volver, porque corríamos libres por los prados del pinar de Doniños y porque una tarde lluviosa de fin de semana caminé con mis botas de agua por un prado y decenas de ranitas saltaban a mi paso.

martes, 1 de octubre de 2013

Volver a Madrid

Prometí volver a hablar de Madrid, esa ciudad tan injustamente tratada en cuanto a su profusión de riquezas. Recientemente, recién llegado en tren a la estación de Atocha, decidí coger un taxi hasta el hotel. Era una tarde-noche lluviosa y gris de esas primeras de otoño que nos obligan a rebuscar en el armario en busca de ilocalizables prendas de abrigo. Una vez llegados al paseo del Prado, con sus frondas iluminadas por tantas luces urbanas vuelvo a encontrarme el imponente Ministerio de Agricultura, la cuesta de Moyano con sus casetas de libros, el Jardín Botánico, el Museo del Prado, el Ritz, el Palace, el Tyssen, la Plaza de la Lealtad, la Bolsa o el Museo Naval, que es en el Prado como ese pariente raro al que se le tiene cariño sin hacerle mucho caso.Ya llegados a Cibeles me encuentro a la diosa custodiada por el Palacio de Linares, el de Comunicaciones, el Banco de España y el Palacio de Bellavista, sede del Cuartel General del Ejército. Desde este nudo sentimental puedes dirigirte a la Plaza de la Independencia, con su puerta de Alcalá y su entrada al Retiro; dirigirte hacia la Puerta del Sol por la Calle de Alcalá; hacia Colón por el paseo de Recoletos y la Castellana o hacia la Gran Vía, Callao y la Plaza de España. Yo recomiendo ir cuatro días y hacer todos estos recorridos sin prisa, y recomiendo subir a las azoteas que están siendo colonizadas por locales de moda, y recomiendo otra vez el tapeo en la plaza Mayor, el recorrido reposado por el Retiro, un animado paseo por Alcalá o el Madrid gamberro de Santa Ana, Huertas y alrededores, que nunca duerme y está plagado de tantos sabores y sonidos de toda hispanoamérica. Tal vez me equivoque, pero creo que el centro de Madrid, con sus Luces de Bohemia, su casa del Ratón Pérez, los ecos de los duelos a espada, las letras de Huertas y los palacios sigue siendo un poco el corazón de todos los hispanos a lo largo y ancho del mundo; por eso es tan fácil sentirse como en casa y por eso acoge tanta gente de fuera. La verdad es que yo he venido tantas veces que ya no es raro que a veces no disfrute de sus calles y me meta en un metro y forme parte de la corriente, pero cuando vengo con tiempo sigo tratando de recorrer la Cava Baja, de pasear por la Latina, Sol, la Plaza Mayor y su arco de Cuchilleros, con sus cuevas de Luis Candelas y sus bandoleros, con sus tablaos y con sus fotos de Hemingway. En Madrid siempre puedes alardear de algo. Bajando a la Calle San Miguel hay un pequeño bar, simpático, que anuncia en su puerta cercana al archi-castizo Botín que Ernest Hemingway nunca estuvo allí. Entre eso y unas croquetas y unas pavías de bacalao en Casa Labra te quedas atrapado para siempre, y si no te atreves a ir solo me llamas y te acompaño; siempre es agradable volver a Madrid.

martes, 30 de abril de 2013

Adiós, ovejitas

Hace ya muchos años alguien me dijo que cuando vas en coche y encuentras ovejas hay que despedirse de ellas diciendo adiós, ovejitas, y que así siempre tendrías dinero. Independientemente de la motivación para despedirse de tan bucólica cabaña – el dinero, qué cosa tan poco romántica – desde ese día soy incapaz de no levantar mi mano y cumplir con el ritual. Hace mucho que lo hago como homenaje a la relación de un padre con sus hijos, como canto a la ingenuidad tan necesaria en este mundo. Cada vez que me cruzo a la merina, a la latxa, a la churra, a la ovella… les digo adiós y me acuerdo del que me enseñó el truco de magia y  se lo agradezco, y si alguna vez hubo algo malo entre nosotros lo olvido, y si alguna vez me hizo daño, le perdono. Adiós, ovejitas: cuidarlo y que le vaya bien, y cuidarnos también a los demás. Adiós, ovejitas: Devolvedme la inocencia y hacerme ser tan indulgente con los miedos ajenos como lo soy con los míos. Adiós, ovejitas: Llevaros el dinero lo más lejos posible o repartidlo para que a nadie le falte, y haced que nadie sufra por su falta. La próxima vez que cruce España, que será pronto, volveré a encontrarme un rebaño paciendo silencioso tras los cristales del vehículo que me lleve, y volveré a decirles adiós, y volveré a pensar en que gracias a Dios a mí el dinero, sin ser rico, nunca me ha faltado. La próxima vez que las vea, escuálidas y ajenas a nuestros problemas, me despediré y les pediré que se lleven al viejo zorro que ha decidido vivir dentro de mí y me devuelvan al niño que corría con las rodillas arañadas y llenas de tierra porque las campanas del reloj daban las diez. La próxima vez…

viernes, 26 de abril de 2013

El fuerte

La primera vez que fui a Chanteiro alguien me contó (uno de mis hermanos mayores, mi padre) que si vas por el camino que bordea la playa por la izquierda te encontrabas un fuerte. Supongo que mi fecha de nacimiento hizo que me imaginara una empalizada cuadrada con soldados vestidos de azul vigilando en sus garitas. Era pequeño y durante el paseo no llegamos a encontrar cosa alguna que respondiera a mis expectativas. Volví en la adolescencia y en mi cabeza todavía pervivía la imagen del fuerte de los clics, de tal manera que inicié un corto e infructuoso paseo por los bosquecillos que rodean la zona. Con los años fue cobrando fuerza en mi cabeza la idea de que en realidad mi informador había confundido las baterías del Segaño con mi soñado campamento; en cierto momento de mi vida se convirtieron para mí en lugar de obligada visita y se fue atenuando en mi cabeza la idea original, hasta que ya en una época más reciente me fui informando de la profusión de fuertes, parapetos y pequeñas baterías del sistema defensivo del Golfo Ártabro, especialmente de los restos de la batería existente entre Chanteiro y Cervás, que conocí por motivos laborales. No puedo decir que fue un triunfo ni una decepción; conocía de antemano el grado de deterioro de todos estos enclaves y no me sorprendió la visión de unas murallas semi-ocultas por una profusa vegetación. Tampoco puedo decir, sin embargo, que me aliviara confirmar que en Chanteiro, si coges el camino que bordea la playa por su izquierda, hay un fuerte. Quién sabe, tal vez un día, con los años, encuentre mi empalizada y escuche una corneta llamando a las tropas a formar. Sé que el fuerte sólo existe en mi imaginación, pero aun hoy me llega su imagen cada vez que vuelvo a Chanteiro, oculto entre las sombras de los pinos como lo imaginé por primera vez, tal vez con algún caballo rampante con su soldado vestido de azul.

jueves, 18 de abril de 2013

Una tarde en el campo.

                Decidí imitar a mi padre y llevar a las niñas al pinar de Doniños. Era una tarde de verano de esas en las que nos gustaría que hiciera calor pero que no lo hace. Les conté que íbamos a un bosque. Ellas no se han criado en Ferrol y les suena a aventura, creo que esperan que aparezca un oso, un lobo o incluso un dragón. Son pequeñas,  y sé que no puedo llegar a Lobadiz con ellas, porque sé que acabaré con una en brazos y escuchando estoy cansada, tengo sed y cuándo llegamos. Dejo el coche en la pequeña explanada donde aparcan los corredores; no sé por qué, pero me gusta aparcar allí, seguramente porque en esa zona hay más setas. En los prados que bordean el pinar se encuentran muchos agáricos, boletus y si no han pasado otros buscadores a veces hay lepiotas. Estamos en agosto, por lo que ni siquiera he metido una cesta o un cuchillo en el coche. Al llegar nos acercamos a una yegua con un potrillo, ella nerviosa y desconfiada, él inconsciente y retozón. Me quedo al límite de la cuerda y les damos hierba. Observo la cara de las niñas y compruebo que ya han engrosado la cofradía del pinar. No me cabe duda, recordaran este día por mucho tiempo. Una vez alimentados los caballos, “Papá, ya no tienen más hambre”,  entramos en el pinar. La bóveda que forman las copas de los pinos oscurece los rayos de sol que se entrecruzan entre las nubes. La atmósfera se vuelve algo tétrica y a ellas les entra un afán juguetón. Una piña, las moras, una flor, un tronco caído… cualquier cosa les parece inusual. En seguida han cogido un palo cada una, a modo de espada y de bastón alternativamente, según va transcurriendo la aventura. Corren, saltan, se suben a una roca o a un tronco. Al finalizar la recta y ver el mar se asombran como si alguien lo acabará de poner allí: “Mirá, Papá, la playa” anuncian como un gran descubrimiento. Aunque me cuesta convencerlas regresamos al coche. Les he prometido enseñarles un lago y la expectación no decrece. Regresamos por la carretera que bordea la laguna y empiezan a anunciar cada vaca, burro o caballo que divisan desde su atalaya. Un cercado con ovejas les llama la atención. Cerca del lago, hacia el principio del valle, la carretera pasa bajo el arco que forman unos árboles, allí pace un caballo tan ajeno a los problemas como lo son ellas. Es una puerta mágica, les anuncio, y aceptan la idea con esa ingenuidad que ya hemos perdido los adultos: Ni siquiera les importa a dónde va la puerta. El pequeño Quijote hecho de chatarra pone colofón a una tarde de magia, de vivencias, de futuros recuerdos que irán poco a poco entretejiéndose con otros hasta convertirse apenas en una sensación, diluida con otras tantas que van llenando su equipaje. Ni siquiera se imaginan lo que se lo agradezco. Por un momento he vuelto a ser un niño agarrado a una mano que me da seguridad… aunque al fin y al cabo esa es la verdad: Sus pequeños deditos agarrándose con fuerza ante cada novedad son los que me llevan, aunque mis pasos sean igual de inseguros, adelante por el camino de la vida.

Un amigo.

Se ha muerto el padre de un amigo, a los sesenta y siete años. Todavía era joven para irse, pero la vida es así. Mi amigo tiene una esposa guapa y encantadora y dos niños, que hasta donde yo sé no dan problemas. Son de Córdoba los dos, creo que medio emparentados. La vida nos ha ido uniendo y separando alternativamente desde mil novecientos noventa y nueve… y creo que no sé nada más de él. Se ha muerto el padre de un amigo y me ha dado pena, y por eso sé que somos amigos. No nos conocemos mucho, no sé si tiene hermanos o si su madre vive. No he estado en su casa ni él en la mía. Nadie me dijo cuándo se oficiaba el funeral y ni siquiera lo he acompañado en ese momento. Esta mañana ha venido a buscarme para tomar un café. No ha buscado a otros, ni siquiera a los que ayer estaban con él en la iglesia; ha venido a buscarme a mí y me ha preguntado acerca del trabajo. Para mí ser amigo de alguien es acompañarlo en los momentos de dolor, y por eso siempre que puedo asisto a los funerales y entierros y a los velatorios. No es morbo, no es ser un plañidero, sino decirle a tu amigo que como él está mal tú lo sientes, y que tu pena no es por el difunto sino por los dolientes, por la parentela y afines que se han quedado en el valle. No he podido acompañarlo en el entierro ni en el velatorio. No me he enterado de que había una misa, pero él ha venido a buscarme para tomar un café. Su padre sabe al menos una cosa: que su hijo tiene un amigo.

miércoles, 10 de abril de 2013

En el pinar (III)

Regreso temeroso hacia mi coche
De la luz queda poco,
Aprieto el paso,
Recordando la tarde que he pasado.
“¡Quién tuviera un bastón
O una linterna!”
Escucho de los perros los ladridos
Un relincho, el mugido de una vaca.
Un coche ronronea
¿Será el mío?
No me importa, pues todos mis anhelos
Se centran en volver pronto a mi casa
Aunque no tenga a nadie a quien contarle
La fusión de los pinos con el cielo
Ni la sal confundida en la resina
Ni los golpes de un ave en la corteza
Que acompasan y van marcando el ritmo
De los hombres que corren,
De los niños.
¿Habrá alguien que me entienda?
¿Alguien lo siente?
Sentirlo como un todo ¿es algo mío?
¿Los que corren, los niños, el caballo
Sienten de la naturaleza el equilibrio?
Empieza a oler al fuego de las casas
Que jalonan el bosque.
Un estallido, tal vez alguien en moto.
¡No apaguéis el sonido de las olas!
¡No borréis de los cuervos el graznido!
Escucho una lechuza.
Y un arbusto cercano se remueve
¿Será el sabio tejón? ¿O será un zorro
En busca de una presa?
Un inquieto gruñido me avisa que molesto
Y acelero mis pasos;
“Ya me voy, ya me marcho.
Ya sé que no es mi sitio.
Regreso a la ciudad, a mi rutina
Pero aunque tengo que dejar atrás los pinos
Recordad una cosa:
Este sitio es tan vuestro como mío,
Yo también formo parte del sistema.
Porque yo aquí he llorado y he besado
 y he corrido,
He recogido setas, visto ardillas
Y el nido de un azor he conocido
La guarida de un zorro o de un conejo,
Y he recogido moras
Y de plantas y flores he aprendido.
Las zarzas llevan algo de mi sangre
Y algunas piedras me han despellejado
¿Creéis que soy un intruso?
Soy Doniños”

martes, 9 de abril de 2013

El puerto.

Los últimos pasos han sido corriendo. Las plomizas nubes que nos han acompañado durante todo el paseo por fin se han decidido a descargar. No importa; tras una sudorosa tarde en la que casi hemos llagado a La Cabana tampoco nos viene mal descansar un rato. Yo pido un ribeiro, ella una Estrella. Una ración de pulpo á feira para recuperar energía. Lo traen casi todo a la vez: Una gran copa de cerveza de barril, una fina de vino blanco y un plato de madera con patatas cocidas sobre las que descansan los trozos de pulpo troceado con los pimentones, la sal y el aceite de oliva. Al instante una cesta con unos trozos de pan de bolla, con la corteza crujiente y la miga dura. No hablamos, ella mira por la ventana, "ya ha dejado de llover"... mientras acabamos el tentempié pienso en cómo nos definen las cosas. El pulpo de la ría; el pan de Neda, seguramente hecho con trigo castellano; el vino de ribeiro, de tierra adentro también; la cerveza de Coruña; el pimentón extremeño, seguro que de La Vera; la sal, quien sabe de qué lejanas tierras del Sur o de Levante. Mastico un trozo de pulpo y después mojo pan en el aceite, bebo un sorbo de vino. Trato de retener todos los sabores juntos, porque pronto nos iremos y ya nada será igual. Mi cabeza se esfuerza por reconocer los matices que hacen que cada vez que volvemos necesito un paseo, una copa o comer algo para sentirme de nuevo en casa. Pago y salimos hacia la Cortina. Ella me da la mano, silenciosa, mientras mira hacia el mar el jugueteo de las gaviotas. El sol se cuela entre las nubes, y los montes de Brión empiezan a darnos sombra, a imponernos su presencia, como si quisieran recordarnos que tenemos que irnos a casa. "¿subimos al Baluarte?". Mientras dejamos el viejo barrio a la derecha nos vamos haciendo conscientes de que la siguiente vez, como las anteriores, todo habrá cambiado. No importa si cambiará a mejor o a peor, como tampoco importaría que empezase a llover de nuevo en ese momento. Otra vez lo mismo: Mis oídos han dejado de funcionar, la visión y el olor me impregnan, tan solo siento su mano posada en mis hombros mientras me apoyo en el pretil, recordándome que está ahí, que no me va a dejar, y que da igual lo que haya pasado hasta ese momento. Contengo las lágrimas, me relajo, escucho un coche frenar... ¿cuánto tiempo habrá pasado?

- Venga, vámonos... volvamos a casa.

lunes, 8 de abril de 2013

En el pinar (II)

Mi vista se acompasa a lo que encuentro.
Primero un caracol, luego una ardilla
Una seta cortada y una piña...
Me desborda el azul que va enmarcando
Las copas murmurantes de los pinos.
Escucho sus quejidos, sus queixumes...
para mí es poesía y me reafirmo:
soy atlántico, del norte, allí he nacido.
En las sombras se mueven diminutos
pobladores que parten a Teixido.
"vai de morto, amigo, vai de morto
ya que antes evitaste el ir de vivo".

Y ya salgo y alcanzo el fin del bosque
Y el castro junto al mar sale a mi encuentro.
Acaricio sus piedras, y me siento.
Se está poniendo el Sol, ahora hace frío.
No siento la humedad porque mis ojos
Solo miran al mar y el fin del mundo
Tal vez ruborizado
Me revela sus cárdenos colores.
La sal empieza al poco a hacerse dueña
Del sabor de mis labios,
Y se mezcla el sabor de la resina,
Y el olor de los toxos… “¡Oh, Dios mío!
¿Creaste Tú el pinar? No me santiguo
Pues parece animal
Lo que me embarga.
El sudor, el olor, la sal, el frío
¡Cómo quisiera estar aquí contigo
y no escapar jamás!
El sol se ha puesto.
Tengo que regresar por el camino
Y el pinar que mis pasos ha acogido
Me ha empezado a dar miedo:
Ha oscurecido.

domingo, 7 de abril de 2013

Monteventoso


La primera vez subí con mi padre y apenas recuerdo que unos de los pocos que allí quedaban le contó que en unos días lo cerraban. Yo tenía esa edad en la que ir con tu padre era un rollo y poco más recuerdo. La segunda vez fue unos meses después; habían arrancado puertas y ventanas, picado las paredes en busca de tuberías y una pintada reclamaba, en portugués, la independencia de Galicia. Aunque la primera reacción fue de indignación todo se olvidó en cuanto rodee el edificio. Libre ya del yugo filiar de tener que incomodar al padre como adolescente militante vi por primera vez el lago de Doniños desde el ya abandonado Observatorio. Regresé hacia atrás y Coruña y la Ría de Ares se tendían majestuosas a mis pies. No sabía yo entonces que precisamente desde la atalaya que hoyaban mis pies se dio la alarma de la invasión inglesa. Entonces no podía imaginar catorce mil hombres desembarcando con los medios de finales del Siglo de Las Luces. El Puerto Exterior, la depuradora… no significaban más para mí de lo que ahora significan las partículas atómicas. Entrábamos en los noventa y yo empezaba a desperezarme en este mundo. Más de dos décadas después le sigo siendo fiel. Tengo otros amores, pero ninguno como él. Cuando llego, aun a expensas del cada día más deteriorado camino, vuelvo a mi hogar. Siento los abrazos de los que se han ido y, mirando al mar, ensancho mi horizonte en busca de nuevos mares que surcar. Mi padre hace tiempo que nos dejó, y el paisaje ha perdido parte de esa naturaleza salvaje que me cautivó cuando lo vi por vez primera, pero como cambiamos las personas con el tiempo. Sus cicatrices lo han afeado, pero también le han dado la fortaleza de saber que nunca será doblegado. Monteventoso… ¡cuántas manos se han estrechado desde tus laderas! ¡cuántos se han fundido en un abrazo dejando vagar sus ojos en ese mar nuestro que nunca se cansa de perdonar nuestros errores! Monteventoso es como la confesión para un cristiano: No importa lo que lleves, allí se queda, con el ir y venir a lo lejos de las olas.


http://turismogalicia.blogspot.com.es/2009/06/mirador-de-monteventoso-ferrol.html

jueves, 4 de abril de 2013

Un viaje





Hoy he recorrido el Sur de Andalucía, de regreso a casa. Desde el desierto de Tabernas, al Puerto de la Mora, la Vega de Granada, los olivares de Málaga y Sevilla, los campos de cereales de Jérez hasta la Bahía, sin apellidos. Recorrer España es un sinfín de paisajes sorprendentes, a los que no afecta la crisis si no para bien. Tal como vamos abandonando los campos de cultivo, tal como vamos avanzando en el respeto a la naturaleza, tal como la ayudamos a volver a ser lo que fue, nos vamos dando cuenta de cómo se ve recompensado un trabajo bien hecho, y vemos como la mano del hombre engrandece la obra de Dios.

jueves, 28 de marzo de 2013

La vieja estación torpedista.


Cogíamos un viejo bus destartalado que entraba en la base por el tosco y mal iluminado túnel. A la entrada subía un marinero, garante de que nadie bajase durante el trayecto. Siempre hablábamos entre nosotros, jamás nos preocupamos del trayecto, nunca pusimos en peligro ninguna seguridad. Al final la vieja verja, destartalada, un candado oxidado y las prisas por atravesar el pueblo, al que prestábamos tanta atención como a la base. Jamás nos preguntamos qué pasaba con el autobús ni con el marinero; nuestra atención se centraba en la guitarra, en las bolsas con la comida o los ingredientes de la sangría, en nuestros acompañantes del otro sexo con los cuales queríamos ligar o habíamos ligado. Ni siquiera el castillo, entonces guarnecido, llamaba nuestra atención. Sólo necesitábamos encontrar el camino que se desviaba de la carretera primero y el sendero que se desviaba de éste después. A partir de ese momento polvo y helechos y algunas manos furtivas ayudando solícitas a la vez que se declaraban al dueño de la otra. Nunca nubes ni lluvia: sólo heridas, rasguños, un trofeo de guerra, la orgullosa mirada de un amor de verano. Al final del sendero la pequeña playita, una cala tan solo con un pequeño muelle ya en desuso. En todos esos años recuerdo un par de veces en que había una pareja allí: la estación era nuestra. Los varones enfriábamos nuestra ansiedad y gastábamos nuestro exceso de hormonas con un helado baño en las cristalinas aguas y unos cuantos agarrones y empujones; después cada uno a lo suyo: el fuego, la comida, el paseo por las rocas, la guitarra, la sangría… a medida que la jornada iba transcurriendo una especie de oculta sucesión de eventos se repetía de forma inconsciente, hasta que el sol rebasaba los montes de Brión y alguien recordaba la hora del autobús. Y a partir de ese momento recogida y sendero, polvo y rasguños, carreras y nervios… y las manos entrelazadas un poco más cómplices que esa misma mañana. Hace más de veinte años, y ninguno de nosotros somos el mismo. Ahora sí hay un castillo, y un pueblo al que sólo vamos en coche. Ahora nos quejamos de la carretera y de que no hay señales y nadie va a la vieja estación, esa que ahora sí sabemos por qué se llama así.
Hace no mucho tiempo, una tarde de verano, me llegó el olor a mar y a eucaliptos y me prometí volver a visitarla. Aparqué el coche en el castillo y busqué el camino. Estaba indicado y mejorado, pero me costó encontrar nuestro sendero. Bajé solo, sin una mano a la que ayudar, y levanté ese mismo polvo marrón. Tal vez el perro que me ladró sea el hijo o el nieto de aquel que nos ladraba. Llegué al viejo muelle y me mojé las manos; paseé por la arena y descubrí un hogar casi completamente oculto entre las ruinas. No sentí lástima ni nostalgia, sino felicidad: la boca de la ría no ha cambiado, sigue estando allí. Entré en el agua y di unas cuantas brazadas, hasta que el nuevo puerto apareció a la derecha. No quise mirarlo e ignoré su presencia. Al volver a la arena me tumbé en la arena a esperar que mi piel se secara al sol, y entonces os vi a todos. Más delgados algunos, más gordos otros, más feos casi todos. Os vi sin las arrugas, sin las preocupaciones, sin las ocultas cicatrices que llevan nuestras almas. Os vi distintos; ni mejores ni peores, sólo distintos. Y os eché de menos, a todos, incluso a los que os veo habitualmente. Ya no somos aquellos, somos otros y estamos en otro punto del camino; pero comprenderme todos que no importa. Nuestros hijos y nuestros nietos tendrán su vieja Estación, tendrán su agua límpida y su olor a eucalipto, tendrán su primer beso y también lucirán orgullosos sus heridas sin preocuparse de que existe algo que se llama la vida.

jueves, 21 de marzo de 2013

Un funeral

Ayer fui a Misa de ocho en los jesuitas de Serrano. Me he encontrado con el funeral de Luis. Su viuda, sus cuatro hijos, sus ocho nietos, sus amigos… una de sus hijas, al ir a comulgar, me ha mirado, los ojos arrasados en lagrimas, y me ha dedicado una sonrisa de agradecimiento, seguramente pensando en lo buena persona que era su padre que convoca a gente cuya cara ni siquiera nos suena. Pues sí, niña, estaba allí por mi padre, que hace dieciséis años que murió, pero estaba también por el tuyo, por todos los que se han ido y por todos los que nos hemos quedado.

martes, 19 de marzo de 2013

Una mujer

       Una tarde de verano cualquiera, saliendo de Misa, me crucé a una mujer que conducía un coche. En el asiento del copiloto iba la que parecía ser su madre. Fue una visión fugaz, un pequeñísimo instante en el que vi su mirada. Reflejaba esa serena satisfacción de saber que todo está bien, que has llegado a un equilibrio en el que podrías mantenerte eternamente. Tal vez Juanito ha aprobado todas con buenas notas o Marta ha jugado un gran partido. Tal vez a Antonio, su marido, le hayan concedido un ascenso, o tal vez los empleados de su negocio le han hecho un gran regalo por ser una buena jefa. Tal vez sea una suma de muchas de esas cosas o sólo la satisfacción de devolver a su madre a casa tras un agradable día de playa. Sus ojos están rodeados de pequeñas arrugas, su pecho, otrora generoso, está ya algo caído, y su vientre ya no es plano, ni liso, ni firme, ni nada. Viste de forma sencilla, alcanzo a ver una falda oscura y un polo sin mangas. No hay un ápice de afectación en su persona, no va pintada, no lleva lazos, diademas o coletero. Sus cabellos están casi ordenados con alguna invisible horquilla y sólo unos discretos pendientes rompen la sobriedad que la rodea como un aura invisible. Hace tiempo que ha dejado atrás los cuarenta y ya ni las mechas ocultan unas canas rebeldes que se empeñan en mostrarse de forma cada vez más frecuente. Sin embargo, esa fugaz visión fue una pequeña epifanía para mí. Allí estaba ella, apenas un segundo, con esa media sonrisa de satisfacción total, transmitiendo esa sensación de que sí, vale, sólo me queda la segunda mitad, pero que me quiten lo bailao, y por un instante me olvidé de la crisis, de las guerras, de la corrupción y de los delitos, y la envidié de una forma sana. Me encantaría que mi cara transmitiera algún día la completa satisfacción que transmitía esa mujer. Me encantaría alcanzar la plenitud como ella parecía haber alcanzado. No recuerdo ningún rasgo de su cara ¿Tal vez el pelo castaño claro? Pero sé que la admiraré mientras la recuerde por llegar a transmitirme, sin quererlo, una absoluta y entera serenidad.