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lunes, 20 de enero de 2014

Ferrol en FITUR.

De verdad que somos raritos, oye: Resulta que la concejal de turismo de Ferrol comparece ante los medios para anunciar la participación de una delegación municipal en, nada menos, que la feria de turismo más importante de España y, como ella misma se encarga de resaltar, una de las principales del mundo.

Me parece perfecto de lo que habla, me parece perfecto que se mencionen las Meninas de Canido y la Ruta del Modernismo, me parece perfecto que la Ruta de la Construcción Naval sea el caballo de batalla de la corporación y que se hable de cross-roads y de turismo industrial ¿Cómo me iba a parecer mal? Cualquier posible fuente de visitantes, y por tanto de ingresos en turismo, hostelería y dervidados son bienvenidos en una ciudad tan necesitada de diversificar su empleo.

El problema es que esa rueda de prensa sea un día después del reconocimiento de la Semana Santa de Ferrol como de Interés Turístico Internacional, que no se mencione una fiesta tan única como Las Pepitas (para la que no se ha pedido aun reconocimiento en su singularidad y arraigo), o que no se mencione el más que incipiente tráfico de cruceros.

Y es que el problema es el de siempre; las buenas intenciones -de las que no dudo- de nuestros gestores chocan a veces con su incapacidad de coordinarse. Ignoro cuán liada esta nuestra concejala en sus asuntos públicos, pero creo que no deberíamos desaprovechar ni una sola de nuestras potencias. Está muy bien decir que Ferrol es un lugar idóneo para practicar surf, y creo que se puede avanzar y que los esfuerzos que se hacen van en la dirección correcta, pero siempre teniendo en cuenta que no se debe descuidar lo que ya existe.

Si se consigue que la ya bastante nutrida presencia de turistas en la ciudad se incremente y que los bares y hoteles tengan más clientes, que compren más productos en los establecimientos de alimentación, que nuestra zona rural se desarrolle ofreciendo mejores productos, que nuestros mariscadores y pescadores vean que sus ventas crezcan, que nuestra lonja consiga certificados de calidad que tienen otras no especialmente mejores, que nuestra ría se convierta en una fuente de ingresos... es muchas veces porque iniciativas particulares (las Meninas) o colectivas (Pasión, Pepitas) han sido llevadas a cabo con éxito por sus protagonistas. La Ruta de la Construcción Naval es una apuesta municipal y entioendo que apuesten por ella, y la del Modernismo fue anterior y se había descuidado... pero no caigamos en la complacencia y no olvidemos que esto es incipiente, que hay mucho camino por andar y que hay muchas cosas por hacer.

PD: La prensa nacional informa que en España hay más de dos mil millones de euros disponibles para restauración de edificios, en espera de que las autoridades municipales soliciten su asignación ¿Significará eso que nuestros gobernantes empezarán a invertir en que, cuando esos miles de turistas lleguen a la ciudad, no se la encuentren apuntalada y llena de vallas porque se cae en pedazos? Espero sinceramente que sí y que en breve podamos empezar a celebrar que al fin vemos la luz al final del tunel.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Paseando Ferrol. Caranza, Canido y los ensanches.

Bienvenido viajero, me alegro de volver a tener noticias tuyas. Ya has conocido con cierta profundidad los tres barrios históricos de la ciudad. Sé que no te ha dado tiempo a verlo todo, pero te recomendaría que no te preocuparas en exceso: Casi nadie que haya tenido un buen guía por Ferrol ha dejado de volver cuando ha podido.

Ahora que va quedando poco de la ciudad no me gustaría que te fueras con la idea de que no hay nada "fuera de puertas", que es como en Ferrol se llama a lo que no está incluido en estos tres barrios que ya has conocido.

En la parte alta de la ciudad está Canido, don de estuvo una de las antiguas puertas de la ciudad. Desde su baluarte, perfectamente conservado, podrás gozar de unas vistas de la ensenada de la Malata que, dependiendo del momento en que vayas, te podrán proporcionar una gran serenidad o maravillar de como Dios modelo este prodigio de ría. Justo al lado está el San Rosendo, cuna de leyendas urbanas por estar construído encima del antiguo cementerio, al que conducía la llamada "Calle de los Muertos", que ahora se llama "de la Tierra". Si realmente en Ferrol quisiéramos celebrar Halloween deberíamos hacerlo entre el precioso chalet indiano de Canido y el San Rosendo, con sus leyendas de huesos encontrados en el recreo.

Podemos seguir por el barrio de Canido hacia poniente y nos encontraremos un barrio decadente y ruinoso ¿Que por qué tenemos que verlo? Pues porque en el encontrarás diversas interpretaciones de las Meninas de Velazquez en sus decrépitos muros y podrás esbozar una sonrisa ante la iniciativa ciudadana que pretende cambiar un barrio y devolverlo a la vida sin más ayuda que unas brochas, algo de pintura y mucha ilusión.

Si volviéramos atrás, hacia la antigua Puerta de Canido, encontraríamos lo que queda de los antiguos cuarteles del Ejército. En su parte alta está el Museo de la Sociedad Gallega de Historia Natural, con sus fósiles de cetáceos y su defensa de la fauna, la flora y el paisaje, y bajando por esa calle el baluarte que te queda por conocer, el del Príncipe.

Volviendo a la plaza de España, que todavía seguirá en obras, verás el comienzo de las "Casas Baratas", o barrio de Recimil, con su iglesia, su mercado, su colegio y su instituto, ejemplo de algo que no creo que volvamos a ver, y es que el Estado construya un barrio entero para los que no tienen dinero. Al final del mismo empieza la avenida de las Pías, con su réplica de la Puerta Nueva, que separa la ciudad de sus ensanches. Por aquí puedes callejear en torno a Ultramar y la plaza del Inferniño, que van cobrando vida cada día y guardan bares de los de siempre y mesones con propuestas más novedosas. Puedes volver a quedarte lleno de esas viandas gallegas, aunque arquitectónica y urbanísticamente no sean barrios de mucho interés poseen un comercio y una vida que muchas veces se echan de menos en el centro. Es el Ferrol de todos los días, el que ancheó la ciudad y el que, a decir de muchos, mantiene el pulso de una villa tan necesitada de él.

Si continúas por la avenida irás dejando Esteiro a la derecha y Ultramr y el Bertón a la izquierda. Has de entrar en Caranza, otrora barrio deprimido y hoy en expansión, con sus completos equipamientos escolares y deportivos y, sobre todo, con un paseo marítimo en el que jóvenes y no tanto cumplen sus ansias deportivas y los algo menos jóvenes con las prescripciones de una vida saludable. Entre sus frondas podrás ver la ría y llegarás a su ermita, pegada al  mar y rodeada de ese verde tan gallego. El barrio no hace más que cambiar, con su nueva iglesia, su nuevo auditorio, sus institutos, su Hospital, su playa, su pabellón y esperemos que algún día nuevo mercado que lo convierta en lo que geográficamente ya es: el espacio urbano más atractivo de la ciudad. No pocos pensamos que con el tiempo se irán derribando las casas sin valor y que ya nunca volverá a ser un barrio deprimido, más aun cuando se planea que en el Montón, donde el Puente de las Pías conecta las márgenes de la Ría, un gran parque que permitirá que el gran paseo en las treguas que dé la lluvia no tenga principio ni fin.

Si, viajero, ya sé que hasta ahora te había mostrado decadencia y ahora te enseño proyectos e ilusiones de futturo. Mis canas me muestran que algún día todo volverá a un curso más natural, y que esas grúas que ahora ves paradas en ambas márgenes de la lengua de agua volverán a moverse o se transmutarán en algo nuevo. Ese día harán falta todos estos espacios urbanos y hará falta conectarlos mejor y hacerlos más atractivos al paseo. Mientras tanto vuelve a la plaza de Ultramar y piensa en sus mesones que no hace tanto tiempo la ciudad tenía dos decenas más de habitantes y asombraba a propios y extraños con barcos que hacían empequeñecer a todo lo que se les acercaba.

Espero que aun te queden fuerzas para seguir acompañándome en este paseo, por que aun no hemos acabado, y es posible que aun quede algún tesoro que mostrarte.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Siete días en Galicia. Día tres.

Siguiendo las indicaciones de nuestro guía nos pusimos ropa cómoda. Parece ser que tocaba andar, a tenor de las indicaciones recibidas de nuestro tan parco en palabras cicerone.

El programa se mostraba tan parco en palabras con respecto al orden del día como nuestro introvertido guía. Dudé una vez más si no participar de la excursión y quedarme a conocer Santiago más profundamente y se lo comenté cuando lo encontré en la misma postura en la cafetería del hotel, acompañando en su soledad a ese café tan oscuro como su carácter. Se limitó a encogerse de hombros y a emitir un escueto "nos vamos en cinco minutos" que me encorajinó a participar en el programa.

Sin embargo parecía más animado en esta ocasión. "Lo de hoy es menos turístico, pero suele ser una de las excursiones que más gusta". Tesoros del Eume, tres palabras para explicar un día entero, más la indicación de que vamos a andar; poca explicación para una visita que se anunciaba como la más larga de nuestras vacaciones. "Escúchenme un momento...gracias: En la Edad Media casi toda esta zona estaba repartida entre la casa de Andrade y la Iglesia. Hoy vamos a ver lo que era de la Iglesia." Como explicación dejaba bastante que desear, pero lo cierto es que era el discurso más largo que le habíamos escuchado, lo que nos dio una cierta complicidad.

Salimos de la autopista a una carretera nacional que desembocó a su vez en otra bastante estrecha que se adentraba poco a poco en una sucesión de parajes incultos y de prados donde vacas de manchas blancas y negras pacían en la tranquilidad de esa soleada mañana. Tras menos de media hora de este camino el vehículo paró frente a un extrañamente grande monasterio con una basílica que mostraba en su portada un extraño ajedrezado. "Monfero", anunció, y nos invitó a leer el cartel explicativo y a reunirse con él en ese punto cuando nos cansáramos de curiosear. Comentamos entre nosotros lo absurdo de mantener ese enorme inmueble sin uso y alguien comentó que estaba proyectado hacer un hotel de lujo cuando empezó la crisis y que se estaba esperando para retomar el proyecto. Mientras tanto tuvimos la oportunidad de disfrutar del esplendor de una enorme ruina, esperando tal vez encontrar el fantasma de algún monje entre alguno de sus claustros. La sensación de irrealidad que me asaltaba parecía ser la dominante entre todos los asistentes, por lo que entre contritos y asombrados nos dirigimos al punto de encuentro para seguir nuestro periplo.

La siguiente etapa de nuestro viaje nos llevó de nuevo a la misma carretera nacional, que abandonamos al coger una carretera que dejaba a su izquierda un río con las aguas turbias de un color verde oscuro bastante inusual. En los bancos de su estuario se podían ver de lejos diferentes tipos de aves y alguna canoa solitaria surcando sus tranquilas aguas. La carretera fue estrechándose mientras las copas de los árboles iban juntándose a modo de bóveda sobre ella. Paramos a un lado del río en el que se nos invitó a seguir a pie o esperar uno de los autobuses del Parque. Cuando bajamos nuestros sentidos captaron algo distinto a lo anteriormente experimentado: Un olor a musgo y a madera en descomposición entre dulce y mohoso, un permanente arrullo del río y de sus múltiples tributarios, una falta de luz que creaba una penumbra semi-verdosa y una humedad palpable en la piel y hasta en la ropa: Sé que nunca voy a olvidar esa combinación de olores, sonidos, destellos y humedades, porque quizá nunca he experimentado una sensación tan clara de estar dominado por un paraje. Se nos explicó en pocos minutos que el Parque Natural en cuestión era el ejemplo mejor conservado de bosque atlántico de Europa, que tenía varios endemismos botánicos y zoológicos y que el número de visitantes se incrementaba cada año propiciando una incipiente actividad económica: Ninguno hicimos caso. El efecto narcoléptico de miles de árboles realizando la fotosíntesis y de miles de hojas pudriéndose a la vez unidos a la nana que nos dedicaba el río nos hicieron empezar a vagar a la orilla de una estrecha carretera apenas mantenida. Todos cruzamos los puentes colgantes, nos hicimos fotos y observamos a un pájaro, una ardilla o a los zapateros navegar en los remansos del río. Cuando llegó el autobús no entendimos muy bien el porqué de hacer un viaje, pero el conductor nos explicó que la colegiata aun está bastante lejos y sin saber muy bien nuestro destino nos embarcamos rumbo a ella.

Tras un cortísimo viaje se nos indicó que debíamos cruzar el puente y subir hasta el monasterio, no, no es el de Monfero, éste es el de Caaveiro, pero no tiene nada que ver, y empezamos a subir empujados por unos cada vez más limpios pulmones y con la sombra de enormes robles, avellanos, alisos y sauces que hacían más que llevadero el paseo por la senda medieval que los monjes usaron en su día para sus transacciones. No puedo explicar mucho más de este día porque fue un día de sensaciones más que de otra cosa: Encontrarse el monasterio en una loma al final del camino de pizarra, las vistas desde su parte alta, el viejo molino con su enorme ojo sumido en una luz de color de esmeralda, el repentino canto de un ave... nada de lo que pueda escribir trasladará a nadie que no haya estado en Caaveiro y en las Fragas del Eume a este mágico rincón y cualquiera que haya estado no necesita que ninguna palabrería más o menos sonora le evoque su encuentro con el viejo bosque.

Cuando regresamos al inicio nuestro guía parecía otra persona: "Bonito¿Eh?" Asentimos todavía incrédulos y nos sentamos esperando lo siguiente, "Ahora vamos a comer a una Cantina, ya verán que les va a gustar mucho porque son muy de aquí y usan productos muy naturales". Sólo siento no recordar el nombre del local, pero teníamos tanta hambre después de la caminata y tan agudizado el sentido del gusto después de haber utilizado los otros cuatro durante la visita al bosque que sólo puedo recordar un festín de carnes, quesos, requeson, miel, setas y otra vez unos de esos vinos traicioneros de Galicia, tan suaves y tan firmes a la vez.

Después de comer, ya muy tarde y algo abotargados, nos dejaron en Pontedeume, callejeando en su trazado medieval y disfrutando de su feirón, que es como allí llaman al mercadillo. No entendimos muy bien el desconocimiento de estas tierras del Eume, pero no nos importó y nos limitamos a disfrutar de esa pequeña joya aun desconocida hasta que, ya con el cielo en penumbras, acudimos a la cita con nuestro ya cómplice guía, que respetó nuestro unanime sueño hasta que en el aparcamiento del hotel nos anunció nuestra llegada: "Despierten, perdón... ya hemos llegado. Espero que les haya gustado. Mañana ya un día más tranquilito. Buenas noches".

martes, 19 de noviembre de 2013

Ferrol y los medios.

Yo soy un forofo de Ferrol, lo reconozco, y también sé que no es fácil comprender ese lugar frío y gris que es principio y fin de rutas y caminos. Los ferrolanos somos una gente bastante crítica, especialmente con nosotros mismos. Debe ser la única ciudad de España en la que nunca ha repetido gobierno municipal y estoy casi seguro que de las pocas en que, hasta las últimas elecciones municipales, ningún partido había tenido mayoría absoluta.

Recientemente, una serie de instituciones y empresas decidieron mostrar al mundo el potencial turístico de la ciudad y sus alrededores, lo que al final se materializó en una serie de iniciativas que han conseguido incrementar el número de visitantes de forma no tan tímida como pudiera parecer; sin querer echar las campanas al vuelo sí he de confesar que el futuro de estas iniciativas me parece prometedor y que hay que alabar a sus promotores tengan el pelaje que tengan.

Con fecha 18 de Noviembre de 2013 el diario on-line de ABC dedicó un artículo a la llamada Urbe Naval, Ciudad Departamental o Ciudad del Mar en la que ensalza los tesoros, por pequeños que estos pudieran parecer, de Ferrol y comarca. Sin grandes omisiones -se nota que el articulista está familiarizado con la villa- desgrana los must que el considera ineludibles y menciona la peculiaridad de una ciudad que es cuna de los más diversos personajes históricos y actuales.

Tratando de ser objetivo cuelgo cinco enlaces en los que mis queridos lectores podréis encontrar el mencionado artículo, la sección de "Ferrolanos" del diario on-line Galicia Ártabra Digital, la WEB de la Ruta de la Construcción Naval, la nota de prensa acerca del incremento de cruceristas en Ferrol y un enlace de Eumeturismo en el que se da información sobre las fragas del Eume (el bosque atlántico mejor conservado del mundo, a decir de muchos).

Podría hablar de muchas más cosas y colgar muchos más enlaces: la Semana Santa, las Pepitas, los Fuegos de San Ramón, San Andrés de Teixido y sus rutas, el Camino Inglés... pero no creo que haga falta por dos razones: A los que somos de Ferrol no nos hace falta que nos cuenten que vivimos en un diamante en bruto al que hay que limar muchísimas asperezas, porque ya lo sabemos de sobra; y a los de fuera creo que no les harán falta más enlaces aparte de los mencionados, porque si están leyendo esto y han abierto el primero de ellos ya les empezará a picar la curiosidad. espero que si alguno se está planteando venir a conocer esta tierra a la que amo tanto se decida leyendo esta entrada, pero eso sí: Que no espere encontrar un sol radiante; Ferrol es, también, la ciudad de la lluvia, aunque sea lluvia fina.


http://www.abc.es/viajar/espana/abci-ferrol-galicia-201311151155_1.html

http://www.galiciaartabradigital.com/archivos/category/ferrolanos

http://www.larutadelaconstruccionnaval.es/

http://www.cadenadesuministro.es/noticias/ferrol-prepara-las-escalas-de-cruceros-del-2014/

http://www.eumeturismo.org/esp/fragas.html

PD: Hay gente que sostiene que si todos los de Ferrol volvieran no cabrían en sus calles. No sé si es del todo cierto, pero una de las cosas más extrañas que tenemos los ferrolanos es la capacidad de triunfar fuera de nuestra tierra. Si os decidís a ojear la sección Ferrolanos os quedaréis sorprendidos del diverso pelaje de una ciudad de la que es hasta el abuelo de Marisol en "Un rayo de luz".

martes, 1 de octubre de 2013

Volver a Madrid

Prometí volver a hablar de Madrid, esa ciudad tan injustamente tratada en cuanto a su profusión de riquezas. Recientemente, recién llegado en tren a la estación de Atocha, decidí coger un taxi hasta el hotel. Era una tarde-noche lluviosa y gris de esas primeras de otoño que nos obligan a rebuscar en el armario en busca de ilocalizables prendas de abrigo. Una vez llegados al paseo del Prado, con sus frondas iluminadas por tantas luces urbanas vuelvo a encontrarme el imponente Ministerio de Agricultura, la cuesta de Moyano con sus casetas de libros, el Jardín Botánico, el Museo del Prado, el Ritz, el Palace, el Tyssen, la Plaza de la Lealtad, la Bolsa o el Museo Naval, que es en el Prado como ese pariente raro al que se le tiene cariño sin hacerle mucho caso.Ya llegados a Cibeles me encuentro a la diosa custodiada por el Palacio de Linares, el de Comunicaciones, el Banco de España y el Palacio de Bellavista, sede del Cuartel General del Ejército. Desde este nudo sentimental puedes dirigirte a la Plaza de la Independencia, con su puerta de Alcalá y su entrada al Retiro; dirigirte hacia la Puerta del Sol por la Calle de Alcalá; hacia Colón por el paseo de Recoletos y la Castellana o hacia la Gran Vía, Callao y la Plaza de España. Yo recomiendo ir cuatro días y hacer todos estos recorridos sin prisa, y recomiendo subir a las azoteas que están siendo colonizadas por locales de moda, y recomiendo otra vez el tapeo en la plaza Mayor, el recorrido reposado por el Retiro, un animado paseo por Alcalá o el Madrid gamberro de Santa Ana, Huertas y alrededores, que nunca duerme y está plagado de tantos sabores y sonidos de toda hispanoamérica. Tal vez me equivoque, pero creo que el centro de Madrid, con sus Luces de Bohemia, su casa del Ratón Pérez, los ecos de los duelos a espada, las letras de Huertas y los palacios sigue siendo un poco el corazón de todos los hispanos a lo largo y ancho del mundo; por eso es tan fácil sentirse como en casa y por eso acoge tanta gente de fuera. La verdad es que yo he venido tantas veces que ya no es raro que a veces no disfrute de sus calles y me meta en un metro y forme parte de la corriente, pero cuando vengo con tiempo sigo tratando de recorrer la Cava Baja, de pasear por la Latina, Sol, la Plaza Mayor y su arco de Cuchilleros, con sus cuevas de Luis Candelas y sus bandoleros, con sus tablaos y con sus fotos de Hemingway. En Madrid siempre puedes alardear de algo. Bajando a la Calle San Miguel hay un pequeño bar, simpático, que anuncia en su puerta cercana al archi-castizo Botín que Ernest Hemingway nunca estuvo allí. Entre eso y unas croquetas y unas pavías de bacalao en Casa Labra te quedas atrapado para siempre, y si no te atreves a ir solo me llamas y te acompaño; siempre es agradable volver a Madrid.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Siete días en Galicia. Día dos.

Cuando llegamos a la cafetería del hotel se nos acercó una joven sonriente de voz cantarina anunciándonos que ella sería nuestra guía en La Coruña. Bastante más charlatana que el guía del día anterior empezó a explicarnos que la ciudad que íbamos a conocer era la más rica de Galicia, la más animada y la más bulliciosa. Nos habló de que había quien la llamaba la ciudad de cristal por las galerías de su marina, nos habló de los pesqueros, del mar, de la torre de Hércules, de María Pita. De pronto se ruborizó y a modo de excusa declaró yo soy de allí ¿Saben?

La mañana, aunque fresca, era muy soleada. Nuestro autobús embocó la autopista y una sucesión de prados de color claro y bosques de color oscuro nos trasladó de nuevo al verde. En menos de una hora la autopista desembocó en una gran avenida que desembocó a su vez en una zona portuaria: A la derecha grandes naves, a la izquierda casas de porte señorial. El autobús paró en unos jardines: Los cantones, anunció orgullosa. Su amena y locuaz explicación fue desentrañando los secretos de esa zona: El certamen de cómics, la feria de las comunidades, la del libro, la de artesanía. Nos salió al paso un grupo de personas más europeas que ibéricas, es que hay un trasatlántico ¿Saben? Al final de los jardines empezó a señalarnos las cristaleras, los pesqueros, el pequeño castillo de San Antón. Si vinieran más tiempo se lo enseñaba, pero es que hay muchas cosas que ver. Cruzamos a una bulliciosa calle. Esto es el Obelisco, anunció ante un reloj sobre una columna, aquí lo mejor es callejear y si quieren nos vemos en una hora en María Pita... es la plaza que hay al final. Vagamos por esas calles bulliciosas de tiendas y cafeterías y llegamos a una gran plaza porticada, apenas habían pasado veinte minutos. Dudamos si sentarnos en una de las numerosas terrazas, pero decidimos perdernos por el laberinto de calles que habíamos dejado atrás. Marisquerías, mesones, restaurantes, vinotecas... así como la arteria principal era de tiendas las laterales parecían estar dedicadas casi en exclusiva al hedonismo. Al final tuvimos que apresurarnos para llegar puntuales a la plaza. Allí, pizpireta, nos esperaba nuestra cicerone, que nos explicó que el edificio que teníamos delante era el ayuntamiento, que María Pita había sido la heroína local contra los ingleses, que  en esa plaza en Agosto siempre había espectáculos nocturnos.

Nos dirijamos al cabo al extremo opuesto de la plaza y entramos en la ciudad vieja. Sus calles medievales empezaron a mostrarnos sus tesoros: la iglesia de Santiago, la Colegiata, las Bárbaras, Dominicos, la Plaza de Azcárraga, y acabamos en los jardines de San Carlos. En esa arca se conservan los restos de John Moore, este era un inglés que luchó contra los franceses. ¡Qué nobles coruñeses que erigen un monumento a la heroína que luchó contra los ingleses y al inglés que lo hizo contra los franceses! Desde los jardines se nos ofreció una magnífica vista del puerto, del castillo, de un inmenso crucero y de parte de la ciudad. Hemos contratado un sitio para comer, si quieren vamos yendo. Es un sitio de pescado. Y otra vez esos vinos blancos, y centollas, y cigalas grandes como un brazo, y percebes llenos de sabor a mar. Y después rodaballo. No creo que pudiera mantener mi figura mucho tiempo si viviera en Galicia. Continuamos la visita y nuestra ya amiga, tras un licor café, nos mostró la Maestranza, ahora es el rectorado, y la visión del mar empezó a invadirnos. Si les parece cogemos el tranvía y vamos a ver la Torre de Hércules.  El trayecto, pese a ser breve, le sirvió para explicarnos que la Torre había sido declarada Patrimonio de la Humanidad, que era el único faro romano en funcionamiento del mundo, que al lado estaba el aquarium, que estaba rodeado de pequeñas playas... la Torre y su mar se quedaron grabadas en nuestras retinas desde el primer instante. Aquello que ven es Ferrol, y aquel islote la Marola, aquello es Santa Cruz, tiene un castillito en un islote... siguió revelándonos los secretos de su ciudad, orgullosa como si ella misma lo hubiera construido. Continuamos el paseo a pie, esa playa que ven es el Orzán, y la anterior es el Matadero, eso es la Domus, allí enfrente está el monte de San Pedro, hay unos cañones y un parque, es precioso. Aquí hay muchos museos, está el de Ciencia, la Domus, el del Castillo de San Antón, el Provincial, la Casa de las Ciencias... siguió y siguió hablando mientras andábamos por un gran paseo marítimo, contemplando las olas y a los bañistas divertirse en ellas. El problema es que en un día no les da tiempo a ver nada ¿Quieren ver algo en concreto? Todos negamos, su hipnótica charla acompasada a nuestro paso nos iba guiando por su ciudad, piedra tras piedra, y nos iba mostrando el mar y el verde, la piedra y el cristal, lo antiguo y lo moderno, hasta que plaza tras plaza (esta es la plaza de Pontevedra, esta es la plaza de Lugo, esta es la plaza de Orense) regresamos a nuestro punto inicial. Lo que siento es que no han podido ver nada. La tranquilizamos explicándole que ya sabíamos como eran las visitas turísticas, que no se preocupase. En el autobús siguió charlando y contándonos más cosas de su querida ciudad. Creo que la mitad las he olvidado ya, pero no puedo más que agradecerle la pasión que puso en mostrarnos su pequeño mundo, del que tan orgullosa se sentía.

Al aparcar el autobús en el hotel allí estaba nuestro guía del día anterior: Mañana pónganse un calzado cómodo. Vamos a andar.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Paseando Ferrol. Esteiro.

No recuerdo bien dónde te dejé la última vez, mi querido viajero, pero creo recordar que fue en la Magdalena, dime una cosa ¿Has dormido en el Suizo? Bien hecho, no puede haber nada más bonito que dormir en una de esas pequeñas aportaciones del modernismo ferrolano. Te recomiendo que desayunes en Stollen, en la Bola de Oro o en otra cualquiera de las cafeterías de Ferrol. Si quieres incluso vete a la plaza de España, y si aun no la han volado, desayuna en el Avenida. Preguntas, viajero, que por qué iban a volarla; no te lo reprocho ¿Quién sabe la historia de un pueblo ajeno? Esa explanada en obras permanentes acogió la entrada al Ferrol amurallado, del que sólo quedan parte de los baluartes y una puerta escondida. Ahí estaba la Puerta Nueva y se acababa la ciudad y empezaba lo de puertas afuera, pero hoy no vas a conocer eso. Cuando salgas del Avenida limpiándote el aceite de esos magníficos churros gira a la izquierda, pegado a ese barrio que tiene pinta de obrero. Puedes ir haciéndote a la idea de que es un barrio obrero, de esos que si se conservan dan espíritu a una ciudad, con su iglesia, su mercado, su colegio, su instituto... hoy sólo nos importa porque es una manera de llegar a nuestro destino. Cuando acabes esa calle -Avenida de Vigo, qué gran nombre para tan exigua vía- te encontrarás una estatua de un hombre que, a modo de moderno Colón, señala con su índice hacia un punto: Es González-Llanos, figura clave en el impulso a esa tan llorada construcción naval civil a mediados del Siglo XX. A tus lados sí hay una avenida con cierto empaque: Es la avenida de Esteiro, viajero, porque ahí es donde has llegado. No te dejes engañar por su apariencia moderna, porque guarda algunas de las edificaciones más añejas de la ciudad. A tu izquierda ves la iglesia del Pilar y lo que un día será una guardería que el maestro del textil ha querido regalarnos. A tu derecha ves la avenida que vuelve a los viejos arsenales. Vamos a recorrerla un poco en sentido contrario, hasta esa rotonda que tiene un enorme diapasón. Bien, ahí tienes a la Escuela Antonio de Escaño, donde se especializan los componentes de nuestra gloriosa marina de guerra. Antes de eso fue una cárcel militar, y muchas otras cosas, pero lo importante para mí es que sepas que ahí estaba el estuario, el estero, el esteiro que da nombre al barrio, porque debajo de ti hay un riachuelo al que le debía dar vergüenza que lo vieran, pero que yo recuerdo en mi niñez perlado de ruidosas gaviotas y rodeado de un enclave gitano. Esos tiempos están lejos y no voy a hablar de ellos, pero sé consciente de que la ciudad acababa ahí y que los astilleros estaban también en ese trozo de costa. Rodea esa verja y lo comprobarás... exacto: Esa es la antigua puerta del Astillero, y el cuartel que ves ahí cerca es el de los Dolores, que tanto forma parte de nuestra Historia que es incomprensible que no sea uno de los edificios más queridos de España, porque sus bravos infantes de marina expulsaron a los ingleses en su año de fundación y muy poco después echaron a los franceses hasta su propio país. Puedes entrar y algún uniformado te acompañará a la Puerta de Fontelonga, que fue la puerta marítima de la ciudad. Lamentablemente el mar ya no la besa, pero ahí tienes el vestigio de esa extraña época en la que aquí casi sólo había hombres; rudos constructores, veleros, picapedreros y carpinteros de ribera que mitigaban sus horas de aburrimiento con los caldos que entraban por Curuxeiras, el muelle que viste el primer día. Un día dicho muelle ya no soportó tanto tráfico y los vinateros costearon otros dos muelles en Esteiro, que son éste y el de San Fernando, que también pasó a mejor vida. Bueno, no perdamos tiempo en lamentaciones estériles, que tal vez un buen día todo cambie. Delante del Quartel, que así está escrito, callejea y contempla o imagina las glorias ya pasadas de esas calles. Ese edificio viejo que te encuentras, la Casa del Patín, es biblioteca de la Universidad, que está delante. El patín es tan solo la escalera lateral, que ahora mismo no lleva a ningún sitio. La Universidad es el antiguo hospital que la marina tenía en la ciudad. Después de un tiempo de abandono en el inmueble se retomó la búsqueda de la salud, aunque esta vez de la salud del alma. Es un campus pequeño, pero tiene unos jardines con bellas especies que son un remanso de paz. Depende de cuándo vayas te encontrarás a los futuros ingenieros, humanistas, enfermeros... quién sabe, tal vez un Canalejas, una nueva Concepción Arenal, un moderno Torrente Ballester... Ferrol es cantera inagotable de gente que se va, no te sorprendas. En fin, regresemos a la avenida, y disfruta de sus sombras y terrazas. Si quieres para a tomar una cerveza, pero ya casi hemos acabado. Esa pequeña iglesia es el Santuario de las Angustias, igual que ese otro que has visto cerrado más arriba. Quiero que lo veas porque en él hay una urna que el Sábado Santo recoge fondos para la Caridad del hospital que lleva su nombre y que nos muestra cada año un pequeño milagro. Si en Ferrol Vello su cofradía más típica es la Orden Tercera y en la Magdalena es Dolores aquí no se quedan atrás y tienen la de las Angustias. Has de notar, viajero, que los tres barrios antiguos de la ciudad, tienen sus propias devociones, como corresponde a la gente de bien. Y ahora ya puedes salir, te dejo libre. Enfrente tienes las viejas Herrerías, donde están esos dos museos navales que tan bien se complementan, piérdete entre las sombras del Cantón, contempla sus estatuas, sus árboles, sus flores y vaga lentamente... todavía quedan muchas cosas que no te esperabas, pero no las verás hoy. Estoy cansado y no quiero servirte más de guía. Enfrenta Pardobajo sin llegar al Callao y en cualquiera de sus tascas prosigue tus estudios culinarios. Mañana será otro día.

martes, 3 de septiembre de 2013

Madrid

Y otra vez en Madrid, y ya ni sé cuántas van. A mí me encanta esta ciudad, la capital de España nada menos, y realmente creo que es una gran incomprendida. Lo primero que suelo hacer al llegar a Madrid es encontrarme con alguien de Ferrol, especialmente en el aeropuerto y en las estaciones de tren; este misterio sin resolver ya hace de por sí atractivo el viaje, porque a veces son conocidos y a veces alguna de nuestras glorias locales. Es una de las primeras cosas que pienso preguntarle a Dios si algún día me acepta en sus pagos ¿Señor, por qué los de Ferrol siempre nos encontramos a algún paisano cuando viajamos? Porque yo estoy seguro de que es por algo, pero bueno, que me desvío: Madrid no fue la capital hasta que lo decidió Felipe II, al que se le atribuye ser el creador de las tapas por haber promulgado una orden tratando de evitar que los carreteros se vieran afectados por tomar vino en seco. En la carretera de Cádiz a San Fernando está El Ventorrillo del Chato, donde además de tener los restos de un gabacho presumen de haber inventado la tapa y luego atribuyen la real orden a Alfonso X, que vivió en el Siglo XIII y reconquistó la ciudad, abriendo por lo que se ve una venta donde empezó a ofrecer tapas en la playa. La verdad es que a Alfonso X le debemos mucho, quizá por eso es de los pocos Reyes de España que no tiene un apodo peyorativo como el impotente, o el rey pasmado. Pero él no fue el que llevo la capitalidad a Madrid, sino Felipe II, que acabó ordenando la construcción del Escorial con el botín ganado a los franceses en la batalla de San Quintín, donde un ferrolano, don Alonso Pita da Veiga, apresó al rey francés. Por cierto, en el Escorial se come un cabrito muy rico, es algo así como el plato típico. A mí siempre me ha extrañado el poco cabrito que se come en Ferrol, porque es una carne que a mí me gusta mucho... pero hablábamos de Madrid y de Pita da Veiga, que acabó estableciéndose en Puentedeume, donde he tomado las bravas más ricas de mi vida. Esto... sigamos: En la Plaza de la Villa se conserva la torre donde estuvo preso Francisco I de Francia ¡Pero fue en la batalla de Pavía! ¿Por qué habré dicho en San Quintín? Ah, si, hablaba de Felipe II. Por cierto, una de las maneras más típicas de preparar el bacalao en Madrid son precisamente los soldaditos de Pavía, que son trozos fritos en pasta; me parece recordar que era en la Taberna del Alabardero, frente al Palacio Real, donde los bordaban, aunque el sitio era un poco caro. Muy cerquita de allí, ya en la calle Mayor, estaba la casa de esa chica del parche que consoló al monarca entre alguna de sus cuatro esposas, o tal vez simultáneamente a ellas, la princesa de Éboli; bueno, pues si bajas hasta la calle Segovia y vuelves a subir hacia la Latina, en la primera bocacalle a la derecha hay un restaurante mexicano que es el mejor que he visitado, y eso que he estado allí... pero bueno ¿Donde estaba? ¿En la Calle Mayor? Pues eso, ya llegando a Sol está el Mercado de San Miguel, que es el mejor gastro-bar del mundo por dos cosas: Porque es del tamaño de un mercado y porque está pegado a la Puerta del Sol y a la Plaza Mayor, que a su vez se unen por la calle de Postas, donde sirven los mejores bocadillos de calamares del mundo. Si atraviesas la plaza y bajas por el Arco de Cuchilleros te encuentras la zona más visitada por Hemingway, y un poquito más adelante con la Cava Baja, donde se encuentran Lucio con sus huevos rotos, Don Julián de Tolosa con sus chuletones, La Posada de la Villa con sus asados... ¿Sabéis qué? Mejor me voy a cenar y otro día os cuento algo de Madrid. ¿Os he dicho que Madrid está llena de ferrolanos?

sábado, 10 de agosto de 2013

Siete días en Galicia. Día uno

El avión aterrizó en Lavacolla, el aeropuerto de Santiago de Compostela. Era un día gris y una suave llovizna lo impregnaba todo, haciendo el ambiente más propio de peces que de seres humanos. Era media tarde y teníamos que llegar hasta el hotel, en las afueras de Santiago. Por delante un pack turístico confeccionado expresamente para nosotros. Nuestro guía un cuarentón de acento cantarín y más bien pocas palabras, sostenía un cartel con mi nombre con cierta desgana, como si se avergonzara de la situación. Nos dejó en el hotel con el consejo de descansar debido a lo temprano que nos iba a recoger. La cena fue copiosa pero sencilla: Caldo gallego -con grelos de lata, nos explicaron- y una carne asada con pimientos morrones y unas patatas cortadas en tacos y fritas que combinaban una crujiente corteza con un interior cremoso. Todos comentamos lo buena que estaba la cena mientras dábamos cuenta de más de una botella de vino tinto, mencía de Valdeorras al decir del camarero. De postre tarta de Santiago, café de puchero y unas botellas en la mesa de licor de café, caña tostada, orujo y licor de hierbas. Pese a que yo decliné la invitación hubo quien probó todos.

Nuestro despertar fue tranquilo, antes de que sonara el despertador y muy arropados bajo las mantas. Pensé que hacía tiempo que no dormía tan a gusto y me di cuenta que era por la fresca noche de verano. Nuestro guía estaba en la cafetería, solo y con un café tan solo como él. Cuando estuvimos todos nos acompañó al vehículo que nos llevaría hasta la ciudad vieja. Calle de San Francisco, Plaza del Obradoiro, Hostal de los Reyes Católicos, Rúa do Franco, Fonseca, la Quintana... sin explicaciones, sin dilaciones innecesarias, sin incomodarnos con vagos discursos acerca de estilos o etapas históricas; entendí lo que siente un hombre que ve el mar por primera vez. Mis ojos se movían incesantemente de un monumento a otro, de un edificio a otro, de un adoquín a otro. Nuestros pasos nos fueron llevando por callejuelas estrechas y animadas hasta que paramos en un mesón en una de ellas. Aquí les recomiendo el pulpo y el jamón asado, la frase más larga del día. Unas frases en gallego con el que parecía ser el dueño del local y en menos que canta un gallo un mantel de papel y un servicio para cada uno estuvo montado en un pequeño reservado. Hasta ese día creí que había probado el pulpo, que sabía lo que era el pan, que distinguía un buen jamón asado de otro, que había probado el vino blanco.

Rua do vilar, Platerías, San Martín Pinario, Mercado de Abastos... de repente una parada en su letanía. Si les apetece un descanso... a lo que todos asentimos. Entramos en un bar llamado Momo y fue salir de una calle y entrar en otra, puesto que el pub conserva todo el mobiliario urbano de cuando era libre. Avanzando hacia el fondo más y más nos encontramos en medio de una Galicia en la que el sol se peleaba por mostrarse entre las nubes y vimos más verde del que ninguno habíamos visto en nuestra vida. En ese momento me quedé irremediablemente atrapado en el tiempo mientras de algún lugar no muy lejano nos llegaba el sonido de una gaita, con un plañir dulce y armonioso que parecía limpiar nuestra mente de los males propios y ajenos. Pensé que casi no había visto nada de Santiago y reflexioné acerca de la conveniencia de saltarme alguna de la excursiones. Nuestro guía pareció leerme el pensamiento, porque se acercó y comentó directamente. Si quieren volvemos al hotel a descansar, mañana toca Coruña.

jueves, 8 de agosto de 2013

Paseando Ferrol. la Magdalena.

Bienvenido de nuevo, viajero ¿Ya estás por aquí otra vez? Me parece recordar que te dejé en Ferrol Vello ¿Has dormido en el Parador? Bien, entonces ya habrás visto la Orden Tercera de San Francisco y Capitanía General. De la primera se puede decir que es un edificio del Siglo XVIII con un retablo del Siglo XVIII, y si a ti no te importa saber cómo se hacían las iglesias antes de la Revolución Francesa no tienes que entrar, pero si en Navidad te gustaría ver uno de los belenes más pintorescos que te puedas echar a la cara y en Semana Santa te gustaría ver como saca sus tronos en procesión una de las tres cofradías más antiguas de la ciudad no descartes esta esquina, pues este enlace entre el Ferrol medieval y el ilustrado es un punto neurálgico muy a tener en cuenta. Lo de delante es Capitanía, como te he dicho antes. No puedes entrar, porque no es visitable, pero puedes volver a recorrer los jardines de Herrera y contemplar el Arsenal, esa joya inexpugnable e inexpugnada que asombró a propios y extraños. Y ahora olvídate de lo que has visto antes, vas a entrar en un barrio del Siglo XVIII y sólo vas a mirar sus galerías, su trazado, sus calles trazadas con tiralíneas. Camina tranquilo por la calle Real, verás como algunos edificios resisten los embates del tiempo, queriendo dejar muestra del antiguo esplendor de la que fue en su momento la ciudad más importante de Galicia. El estado de abandono fue tal que la única metáfora posible de Ferrol es la de un campo de trigo que hay que plantar de nuevo. La magnitud de las obras es ingente, pero de un tiempo a esta parte no hemos parado de intentar sacar la luz de entre las sombras. Ya está, has llegado a Amboage, y has visto sus centenarias palmeras bordeando la calle Real. Solázate en sus edificios y si quieres rodea la plaza. Ahí arriba está el Tirso, una de las primeras obras de Ucha que verás (sí, ya sé que has visto la Casa Antón, pero es que hay muchas más sembrando de color la Magdalena) si continúas con tu rodeo verás el antiguo Hospicio, en obras actualmente para albergar algún inútil organismo que a nadie hace falta. No importa, tú no has venido a arreglar nada. Si has venido en un día soleado la plaza estará llena de niños y sus terrazas seguramente bien nutridas ¡No, aun no ha llegado el momento!... espera a estar más cansado, te sentará mejor el refrigerio. La tableta de chocolate que recorres fue cuna de gente bien diversa, como Franco o Canalejas. Encontrarás unas piedras por el suelo en las calles peatonales con citas relativas a Ferrol, tal vez la más hermosa aquella de Torrente: "Ferrol es una ciudad lógica encuadrada en una tierra mágica" que tanto nos gusta. Por la calle ves hombres y mujeres, más o menos atareados: Nosotros vemos nachos y nachas, que es como en Ferrol nos referimos a los otros. Vas a tener que llevar la vista arriba y dejarla descansar en las galerías y alegrarse en el modernismo que alegró nuestra última Belle epoque: El dispensario, el Casino, la Cocina Económica, la Pescadería, el Teatro Jofre, el Correo Gallego, el Hotel Suizo... pero también las casas Romero, Brañas, Antón... ah, claro, es que te creías que en Ferrol sólo había neoclásico e ilustración, ya ves que no es así. Ahora, siguiendo por cualquiera de sus calles, podrás ir de tiendas o de tapas, según tengas el día, pero no olvides dirigirte hacia el Cantón. En tu camino encontrarás pequeñas joyas, como el antiguo Gobierno Militar, el Edificio de Correos, la Puerta del Dique o el propio Cantón, que es la Alameda más antigua de Galicia. Escondidos tras sus frondas se encuentran el Museo Naval de Ferrol y EXPONAV, que es otro museo naval pero dedicado a la construcción. Seguro que te gusta verlos y entender mejor qué nos hizo así a los ferrolanos y qué nos hizo así a los españoles. No sé cuánto tiempo tienes, pero no lo dediques a muchas más cosas, acércate al Hospital de Caridad, seguro que te gusta y es posible que haya alguna exposición interesante. Si la mañana se está haciendo larga, entre el Cantón y el Callao -esa plaza que homenajea a don Casto Méndez-Nuñez- hay bares y terrazas en los que tomar una cerveza, y más adelante mesones en los que podrás tomar un vino más que bueno con unas tapas aun mejores, porque viajero, tú tal vez no lo sepas, pero los ferrolanos bebemos vino, porque cuando se hizo la ciudad vinimos primero los hombres, y ante tal aburrimiento desarrollamos nuestro olfato y nuestro gusto y tal afición al jugo del viñedo que hubo que construir un muelle nuevo porque el antiguo no podía dar entrada a tantos toneles. Relájate pues, querido amigo, bajo las frondosas copas de los árboles, y cuando termines regresa pensando en cuan vana es la gloria de los hombres y cuan efímeras sus obras. Puede que algún día una enorme mano sacuda el polvo a la ciudad, o tal vez no, pero mientras nuestro tesoro brille un poco no renunciaremos a nada. Nuestra Semana Santa y nuestra fiesta de las Pepitas -la víspera de San José- llenan nuestras calles de propios y extraños y devuelven algo de esplendor a nuestra decadencia, mientras tanto tenemos la Concatedral de San Julián, las Angustias, Dolores y el Carmen como puntos cardinales entre los cuales arrastraremos nuestros pasos. No dejes de ir,por último, a tomar nuestros frutos, ya sé que los has probado a la vista de los barcos, pero mientras dejas atrás el Arsenal, el Jofre a tu izquierda y Correos a tu derecha y te vuelves a internar en ese batiburrillo de calles paralelas, recuerda que el pulpo tiene unos primos que son los chipirones y los chocos, y que la zorza tiene un hermano que aquí se llama rajo y que hay más mariscos que días tiene un mes y una ternera que te va a recordar los guisos de tu abuela, por lo que te aseguro que no vas a tener problema por ese largo paseo, ahora te has ganado tu homenaje. Disfruta lo que puedas, que aun nos quedan etapas.

jueves, 20 de junio de 2013

Paseando Ferrol. Ferrol Vello.

Vamos a poner que llegas a Ferrol en coche sin conocerlo, por la autopista, y llegas al final. Seguramente si no llegas sobre aviso no sabrás que has llegado a un fin del mundo; sí, ya lo sé: A uno de tantos, pero fin del mundo al fin y al cabo. Aparca, no lo demores más, aprovecha que hay sitio. Si no tienes ninguna necesidad fisiológica, cuando dejes el coche ponte mirando al mar, gira a la izquierda y comienza lentamente a caminar. Delante tienes la Cortina, parte esencial de la defensa del Arsenal. Observa las troneras e imagina lo temidas que fueron entre los siglos XVIII y XIX. Cuando llegues al final del espigón no te fijes en las industrias: Observa la ría, huele el mar, escucha a las gaviotas y a los charranes y descubrirás en su estridente graznido que aquí ni las aves diferencian mar y tierra. Después de localizar Mugardos al otro lado, regresa tranquilo, no te apresures, y al llegar de vuelta a Curuxeiras cruza la calle y sube al viejo baluarte de San Juan. Reposa tus brazos en el pretil y vuelve a buscar todo lo que has visto. Ahora ten cuidado, respira hondo, que te estás haciendo un poco ferrolano. Antes de llegar has dejado a la derecha la Iglesia del Socorro, donde se custodia al Cristo de los Navegantes, que fue provocando tormentas para evitar que el barco que lo llevaba oculto entre la sal de sus bodegas pudiese zarpar: Él también se enamoró de Ferrol Vello (¿Fue en algún momento Ferrol Bello?). Casi a tus pies tienes la Fuente y los jardines de La Ranita, que para tí no significan mucho, pero para los ferrolanos es un despertar, una respuesta, una linterna contra la desidia y la ineptitud. Tómate tu tiempo, porque ahora tienes que prepararte para ver un barrio en ruinas; sí, ya lo sé, está sucio y viejo y las calles se caen, pero es nuestro origen, y nuestros padres nos enseñaron a respetar a nuestros mayores. Un día saldrá adelante, y no es mi esperanza, es la certeza de todos los que hemos sabido ver más allá del verdín y de la herrumbre. ¡No entres en las terrazas, no todavía! Espera, viajero, espera un poco, que todavía hay tiempo. Ahora vuelve hacia la Cortina, pero por la acera opuesta: Tu objetivo es encontrar el Arsenal, con su Sala de Armas ¿la has encontrado? Sí, es ese enorme edificio neoclasico con los tejados negros. Antes de que me preguntes lo que hay a su lado es la Puerta del Parque, con la Fuente de la Fama delante y su foso a un lado (el resto del foso lo hemos enterrado, porque en Ferrol no nos gusta poner las cosas fáciles) Si te cansas de la vista, o si quieres ver más cosas, gírate. Allá arriba, a la derecha, hay una iglesia ¿Ya la ves? Es San Francisco, la castrense, la de la marina, la de Franco (tiene tantos nombres esa iglesia) tiene pegada su Orden Terceera y la fuente de San Roque. Puedes rodearla por la derecha, mirando al mar y a los barcos que descansan en el Arsenal, tal vez recién llegados desde lejanas costas o de luchar contra piratas ¡Qué poco ha cambiado todo, al fin y al cabo! Cuando ya hayas acabado rodéala y te encontrarás el Parador, y frente a él los Jardines de Herrera. Ahora es el momento de ese pitillito, en un banco bajo los magnolios ¿Te vas familiarizando ya con la Ría? Bien, pues ahora continúa. El edificio de los Jardines es Capitanía General, desde donde se gobernaba la escuadra en otros tiempos. Regresa ahora y verás las Esclavas, un convento de clausura con un jardín delante. Sé respetuoso ¿Tú sabes cuantos amores se han sellado con un beso bajo esos árboles? Bien, pues al lado está el Parque (el de los pavos, no hagas caso aunque afuera diga que se llama Reina Sofía) Se entra al lado de esa casa tan bonita. Es la casa Antón, de Rodolfo Ucha ¿Qué quien es Rodolfo Ucha? ¡Pues nada menos que nuestro Gaudí, hombre! Ya hablaremos de él más adelante. Bien, entra en el parque y piénsatelo bien: Todavía sólo has visto un trozo ¿Es que no vas a ver la imagen de Santa Bárbara en San Francisco? ¿Y el retablo de Ferreiro? Bueno, tú sabrás. Ahora ya te queda poco: Después de recorrer el Parque lentamente trata de encontrar la Fuente, que todavía no la has visto. Y ahora sí, regrsa sobre tus pasos: En la Calle San Francisco verás algunas bellas casas marineras, y encontrarás tabernas típicas de cuyo interior irán saliendo efluvios de todos esos mágicos productos que salen de las oscuras aguas que nos guardan y que guardamos. Elige cualquier cosa, pero yo te recomiendo que preguntes: A lo mejor hoy es mejor comer pulpo, o tal vez bacaladitos, o una empanada de zamburiñas... en el fondo no importa lo que tomes: Seguro que ya te has decidido a quedarte ¿A que sí? Pues otro día te enseño la Magdalena... que también es bien guapa.