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jueves, 17 de noviembre de 2016

Un hombre honesto

Al escuchar el sonido de la puerta al abrirse bajó el periódico, heraldo de un mundo injusto y violento en el que la verdad ha dejado de ser un valor.


- ¡Pero por Dios! ¿Qué te ha pasado...?
- Papá... ha sido el padre de María... no sé cómo...
- ¿El padre de...? No entiendo, pero ven... límpiate... ¡Pero qué demonios...!
- Te prometo que fue sin querer, yo ni siquiera quería tocarla... perdí los papeles y... ella debió avisarle por mensaje, porque inmediatamente después me abordó en la calle y sin mediar palabra empezó a pegarme sin parar, hasta que me dejó así y se fue como había venido.


Se paró en seco y musitó un Dios bendito que apenas llegó a sus labios. Enarcó una ceja y en sus ojos se reflejó toda la tristeza de los momentos en que no estuvo con él para educarle, enseñarle y hacer de él un buen hombre. Cada grito dado a su mujer, cada comentario improcedente, cada amenaza velada -hablar por hablar- volvió a su mente como si fuera el momento en que pasó.


Cogió la chaqueta y salió de casa, su rumbo fijo y su idea clara.


Cuando llegó a la comisaría no dudó ni un solo instante, pero su voz salió quebrada y en un hilo, reflejo de todos los sentimientos (ninguno bueno, ninguno alegre, ninguno de consuelo) que le habían flanqueado en el trayecto desde casa.


- Vengo a denunciar a mi hijo...

miércoles, 24 de junio de 2015

Caesar

- ¿No eres capaz de entender que ya pasó todo?
- Nada ha pasado, siempre se me recordará.
- Nadie lo hará. Un líder no es el que demuestra a los demás que es el más fuerte, si no el que les hace ver hasta donde llegan sus fuerzas.

Lo miró con extrañeza y sus glaucos ojos dudaron por primera vez.

- ¿A qué te refieres?
- ¿Cuando te fuiste era todo mejor? ¿Tu huella tuvo continuidad o fue borrada como las que dajas en la playa con la marea baja?
- ¡Mucha gente después me dijo que había sido único!
- Sin duda; el mundo está lleno de aduladores, de polillas que se ciegan ante la luz y son capaces de abrasarse sin saber el porqué.
- Su respeto era sincero.
- No lo era, era obediencia, y terminó cuando te fuiste. La obediencia se debe y el respeto se gana, no deberías haberlo olvidado, y más bien hiciste lo contrario.
- Pero era un jefe querido y respetado.
- No lo eras: Eras temido y obedecido, buscabas la adulación y abusaste de los débiles en vez de protegerlos.

Sus ojos se humedecieron y por primera vez sintió unas ganas irresistibles de llorar, de buscar un hombro amigo, de sincerarse con alguien... pero a su alrededor todo estaba vacío. Ni siquiera sabía con quien hablaba, aunque su rostro le resultaba familiar.

- ¿Por qué has venido a decirme esto?
- Porque soy tu peor fracaso, el que más sufrió por tu causa.
- Y quieres venganza, claro.
- ¿Ves en mi rostro ánimo de revancha? ¿Me notas enfadado o con ánimo de lucha?
- No. Pareces tranquilo, sosegado... es como si no te debiera nada.
- Y no me debes nada. Hace tiempo que soy más de lo que tú probablemente seas nunca. Todo el sufrimiento que me causaste te hizo tanto mal como a mí bien, y ni siquiera pudiste darte cuenta de que era el mejor de tus hombres, el que más se esforzaba, el que más sufría, el que más dolor soportó.

El miedo asomó por fin a sus ojos.

- ¿Quién eres? ¿No te recuerdo?
- Tal vez recuerdes cuando le dijiste a mi madre que lamentabas lo ocurrido, a mí no creo que me llegaras a ver nunca.

Lo entendió, al fin, y entonces una ola de terror recorrió su cuerpo de arriba abajo.

- ¿Estoy muerto?
- Sólo una parte de ti, sólo el envoltorio en el que has sido una oruga. Se te dio la oportunidad de hacer grandes cosas y sólo la utilizaste para agrandar tu ego, para engordar tus ansias de grandeza, para ser el abusón de la clase mientras la vida te lo permitió. Nunca llegaste a comprender que entre los tuyos había muchos mejores que tú, nunca les dejaste expresarse y en cambio buscaste a aquellos que te reían las gracias, que te profesaban obediencia ciega.

Comprendió lo inevitable: Había muerto y había llegado el momento de saldar deudas con Dios y con los hombres.

- No tengo miedo. Soy capaz de enfrentarme a todos aquellos a los que causé algún perjuicio en vida.

Lo miró, impasible, y encogió ligeramente los hombros.

- No es  momento de bravuconadas. Tu recuerdo no llegaba ni a las tardes de esas jornadas interminables, ni a los sábados posteriores a tus tropelías. Ningún verano fuiste parte de los pensamientos de aquellos en quienes pretendías influir. Y hay algo que deberías entender ya desde el principio...
- ¿Que debo entender, dime, que es eso con lo que pretendes asustarme?
- No pretendo asustarte, pero  no eres capaz de enfrentarte ni a una ínfima parte de lo que se te viene encima. Vayámonos ya, te espera tu primer juicio, y a este juez no se le puede mentir ni hacer esperar, pronto lo entenderás.
- ¿Debo tener miedo, entonces?
- No se debe tener miedo ante la infinita misericordia. Él nos acoge en su seno tal como somos.
- ¿Y por qué, entonces has dicho que no puedo enfrentarme a lo que me espera?
- Porque serás tú el que recuerdes tus acciones y sientas sus consecuencias, nada más que por eso, y todo el poder que tuviste en vida sobre los demás lo sentirás como un todo, y el dolor, y el daño, las humillaciones, el sufrimiento... de ti depende soportarlo o no, ser capaz de sobrellevarlo o condenar a tu propia esencia al No.
- ¿Es posible que yo no...?
- El que todo lo puede es el único que entiende que todo es posible, yo no sabría explicarte el valor del amor, de la oración, de la amistad... Él hará que lo sientas y lo veas y todo será entre tú y Él.
- ¿Volveremos a vernos?
- No.
- ¿Entonces no iré a donde tú estás?
- No se trata de eso: Entonces no serás lo que ahora eres, por lo que nunca me volverás a ver.
- Entonces supongo que debo decirte adiós.
- No es necesario. Cuando seas esencia me recordarás.
- Hasta entonces, pues.
- Sólo una cosa más. Se me ha ordenado que te obligue a recordar mi cadáver desnudo en aquel baño.

Y entonces lloró y lloró hasta que sus ojos se quedaron sin lágrimas y la Voz entró en él y empezó la vida.

domingo, 16 de marzo de 2014

Purgatorio

Ese fue el momento en que me di cuenta de que no iba a volver, pero realmente no sentí nada especial. Ni el miedo ni la angustia ni ningún otro sentimiento parecido hicieron acto de presencia. Ni siquiera tristeza o ansiedad... si acaso curiosidad; nada más.

Atravesé la última puerta y no vi nada, pero la voz ya me lo había advertido: "Eso tendrás que ganártelo, muchacho". Y eso me proponía desde ese momento. Atrás quedaba el anciano crucificado viendo su propio velatorio, y mi impotencia sabiendo que jamás nadie creería en la certeza de aquello, aunque ahora ya nada de eso tenía importancia; ahora ya no importaba toda esa clarividencia que yo suponía tener.

- ¿Debo ir así, desnudo y desarmado?

La voz no volvió a escucharse, pero la respuesta llegó sola a mi cabeza, y desde ese momento me di cuenta de que ya nadie me acompañaría hasta que llegara al final del camino, y que no obtendría ninguna respuesta si no me hacía la pregunta adecuada.

Mi cabeza, mi mente, mi corazón, mi alma... ¿Qué era lo que me impulsaba a tratar de terminarlo todo? ¿Qué me movía a no dejar ninguna obra inacabada? ¿Qué era ese bosque? ¿Y esas hojas en blanco? ¿Por qué estaban todos ellos ahí?

Y ante esas preguntas las respuestas aparecían en mi cabeza como si siempre hubieran estado allí: Es el bosque que ibas a plantar, son las hojas del libro que ibas a escribir, son todos con los que tienes cuentas pendientes.

Y trabajo tras trabajo, jornada tras jornada, gota tras gota de sudor... fui avanzando por ese mundo vacío en el que ninguna felicidad era posible. Y aprendí que no hay sensación más angustiosa que sentir un permanente vacío de sentimientos positivos: Porque al principio creía que a medida que fuera resolviendo lo irresoluto me sentiría mejor y más pleno, pero nada de lo que hacía me daba en absoluto alegría o satisfacción, antes bien me llenaba de más tristeza al darme cuenta de todo lo que debía haber hecho y estaba aun por hacer.

Y cada vez más lágrimas brotaban de mis ojos y cada vez me sentía más y más arrepentido, y cuanto más trataba de arreglar los males que había causado más sentía en mí el dolor de todos aquellos a los que había hecho daño, la tristeza de todos aquellos a los que había entristecido, la falta de efectos de todo lo que no había hecho... y entonces llegó lo peor, y sentí unido todo aquel mal hasta causarme un dolor insufrible, pero merecido...

En el momento en que sentí en mí la esencia misma del daño dejó de hacer falta acabar las tareas pendientes; la voz me invitó a alzar la mirada.

Frente a mí estaba la Puerta.

jueves, 16 de enero de 2014

La maldad intrínseca de las cosas.

Mi madre, en su arrebolado lenguaje plagado de cárdenas referencias literarias, advirtió hace mucho tiempo que las cosas son malas. Y es indiscutible que es así. Ejemplos de ello hay cientos de los que todos somos conscientes, pero ¿Acaso alguien duda de que la lavadora se estropea cuando van a llegar invitados? ¿Acaso no es obvio que la tostadora se estropea cuando llega el sábado? ¿Acaso no sabemos que la leche se acaba el domingo justo cuando vamos a servir el primer café de la mañana?

Claro, ahora cualquiera me acusará de falta de previsibilidad, pero tras la historia, terrible, que paso a relatar cualquiera de mis inteligentes lectores serán conscientes de que, como toda obra humana, las cosas tienden a empeorar cuando son conscientes de que nos pueden hacer daño.

No hace mucho tiempo (ayer concretamente) un trozo de pan se coló entre el soporte de la tostadora y cayó al fondo de la misma. Titubeé entre volcarla o no para recuperar tan ansiado mendrugo o utilizar unas pinzas de cocinar de esas que se usan para dar la vuelta a las frituras; lo notó, y yo noté que lo notaba y recordé las palabras de mi suegra acerca de meter objetos metálicos en las tostadoras. El trozo de chusco, sin duda envalentonado por alguna secreta consigna de tan infernal aparato, decidió escurrirse al primer intento. Yo no me asusto con cualquier cosa y decidí arremeter de nuevo en mi intento de rescate, que acabó con idéntico resultado. El tercer intento me lo tomé con algo más de calma y así la tostadora por los bordes para acomodar el fruto de la tierra que con tanto sudor trataba de ganarme. Me quemé. Las para mí inaudibles risas del trozo de tostada habrían augurado para alguien más avisado que lo peor estaba por llegar; compinchada con las pinzas se escurrió provocando el contacto de las mismas con la resistencia de la tostadora... lo que provocó un corto que hizo que saltara el automático y me hizo perder un precioso tiempo en volver a poner en hora todos los relojes. Buenos días, así te recibimos, muchacho.

Mi cafetera exprés, que hasta ese momento no me había dado motivos de desconfianza, decidió unirse a tan desagradable orgía y empezó a emitir un sonido extraño sin verter ni una sola gota de agua en la taza y sí por la parte inferior, que hasta ese momento yo creía estanca. Decidí no arredrarme y fui a coger papel de cocina, que no se despegaba aferrándose a su, hasta ese momento, intacta virginidad. Todos estos sucesos sin aparente relación tuvieron como colofón que decidiera desayunar fuera de casa y me fui directamente a la ducha, en la que tras conseguir enroscar el teléfono después de un desagradable chorro de agua fría en la cara constaté que la bombona se había acabado, certeza que fue confirmada tras un helador paseo por el pasillo, con tropiezo incluido y pérdida de toalla y casi de un diente (¿Estaba allí antes esa pelota?) a lo que se unió la desagradable sorpresa de constatar que la bombona de repuesto estaba tan vacía como la primera.

Tras tres pares de calcetines desparejados, dos con tomates y una rápida incursión al cesto de la ropa limpia me vestí con la ropa del día anterior y salí despacio sin atreverme a tocar nada y con todas las luces encendidas. Una ducha heladora, ropa usada, sin un miserable café ni algo sólido que me consolase en mi aflicción cerré la puerta de un portazo y ya, en la seguridad de la escalera, me dirigí a todas las cosas juntas y les amenacé con tirarlas a todas y comprar otras nuevas. Me pareció escuchar algo parecido a una risita, pero estando sólo en casa era imposible que proviniera de su interior. Me giré y llamé al ascensor con una cierta intranquilidad, por supuesto estaba averiado y tuve que bajar los diez tramos de escalera hasta el garaje y entrar por la calle (¿Pero a quién se le ocurrió que sólo se pueda entrar por el ascensor?).

Llamé al trabajo antes de llamar al seguro para avisar de que iba a tardar un poco en llegar porque el coche no arrancaba, y se me acabó la batería, por lo que tuve que volver a subir los diez tramos y llamar desde el fijo. Tras mi primera conversación del día todo me pareció un poco más tranquilo y decidí coger algo de la nevera para apagar mi desazón, momento en que constaté que el corto había estropeado la nevera.

Todo esto confirma que las cosas son intrínsecamente malas y que no hay que fiarse de ellas. Bueno, aunque en el fondo tengo que reconocer que a lo mejor fue todo una broma. Se creerán muy coñeras.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Siete días en Galicia. Día tres.

Siguiendo las indicaciones de nuestro guía nos pusimos ropa cómoda. Parece ser que tocaba andar, a tenor de las indicaciones recibidas de nuestro tan parco en palabras cicerone.

El programa se mostraba tan parco en palabras con respecto al orden del día como nuestro introvertido guía. Dudé una vez más si no participar de la excursión y quedarme a conocer Santiago más profundamente y se lo comenté cuando lo encontré en la misma postura en la cafetería del hotel, acompañando en su soledad a ese café tan oscuro como su carácter. Se limitó a encogerse de hombros y a emitir un escueto "nos vamos en cinco minutos" que me encorajinó a participar en el programa.

Sin embargo parecía más animado en esta ocasión. "Lo de hoy es menos turístico, pero suele ser una de las excursiones que más gusta". Tesoros del Eume, tres palabras para explicar un día entero, más la indicación de que vamos a andar; poca explicación para una visita que se anunciaba como la más larga de nuestras vacaciones. "Escúchenme un momento...gracias: En la Edad Media casi toda esta zona estaba repartida entre la casa de Andrade y la Iglesia. Hoy vamos a ver lo que era de la Iglesia." Como explicación dejaba bastante que desear, pero lo cierto es que era el discurso más largo que le habíamos escuchado, lo que nos dio una cierta complicidad.

Salimos de la autopista a una carretera nacional que desembocó a su vez en otra bastante estrecha que se adentraba poco a poco en una sucesión de parajes incultos y de prados donde vacas de manchas blancas y negras pacían en la tranquilidad de esa soleada mañana. Tras menos de media hora de este camino el vehículo paró frente a un extrañamente grande monasterio con una basílica que mostraba en su portada un extraño ajedrezado. "Monfero", anunció, y nos invitó a leer el cartel explicativo y a reunirse con él en ese punto cuando nos cansáramos de curiosear. Comentamos entre nosotros lo absurdo de mantener ese enorme inmueble sin uso y alguien comentó que estaba proyectado hacer un hotel de lujo cuando empezó la crisis y que se estaba esperando para retomar el proyecto. Mientras tanto tuvimos la oportunidad de disfrutar del esplendor de una enorme ruina, esperando tal vez encontrar el fantasma de algún monje entre alguno de sus claustros. La sensación de irrealidad que me asaltaba parecía ser la dominante entre todos los asistentes, por lo que entre contritos y asombrados nos dirigimos al punto de encuentro para seguir nuestro periplo.

La siguiente etapa de nuestro viaje nos llevó de nuevo a la misma carretera nacional, que abandonamos al coger una carretera que dejaba a su izquierda un río con las aguas turbias de un color verde oscuro bastante inusual. En los bancos de su estuario se podían ver de lejos diferentes tipos de aves y alguna canoa solitaria surcando sus tranquilas aguas. La carretera fue estrechándose mientras las copas de los árboles iban juntándose a modo de bóveda sobre ella. Paramos a un lado del río en el que se nos invitó a seguir a pie o esperar uno de los autobuses del Parque. Cuando bajamos nuestros sentidos captaron algo distinto a lo anteriormente experimentado: Un olor a musgo y a madera en descomposición entre dulce y mohoso, un permanente arrullo del río y de sus múltiples tributarios, una falta de luz que creaba una penumbra semi-verdosa y una humedad palpable en la piel y hasta en la ropa: Sé que nunca voy a olvidar esa combinación de olores, sonidos, destellos y humedades, porque quizá nunca he experimentado una sensación tan clara de estar dominado por un paraje. Se nos explicó en pocos minutos que el Parque Natural en cuestión era el ejemplo mejor conservado de bosque atlántico de Europa, que tenía varios endemismos botánicos y zoológicos y que el número de visitantes se incrementaba cada año propiciando una incipiente actividad económica: Ninguno hicimos caso. El efecto narcoléptico de miles de árboles realizando la fotosíntesis y de miles de hojas pudriéndose a la vez unidos a la nana que nos dedicaba el río nos hicieron empezar a vagar a la orilla de una estrecha carretera apenas mantenida. Todos cruzamos los puentes colgantes, nos hicimos fotos y observamos a un pájaro, una ardilla o a los zapateros navegar en los remansos del río. Cuando llegó el autobús no entendimos muy bien el porqué de hacer un viaje, pero el conductor nos explicó que la colegiata aun está bastante lejos y sin saber muy bien nuestro destino nos embarcamos rumbo a ella.

Tras un cortísimo viaje se nos indicó que debíamos cruzar el puente y subir hasta el monasterio, no, no es el de Monfero, éste es el de Caaveiro, pero no tiene nada que ver, y empezamos a subir empujados por unos cada vez más limpios pulmones y con la sombra de enormes robles, avellanos, alisos y sauces que hacían más que llevadero el paseo por la senda medieval que los monjes usaron en su día para sus transacciones. No puedo explicar mucho más de este día porque fue un día de sensaciones más que de otra cosa: Encontrarse el monasterio en una loma al final del camino de pizarra, las vistas desde su parte alta, el viejo molino con su enorme ojo sumido en una luz de color de esmeralda, el repentino canto de un ave... nada de lo que pueda escribir trasladará a nadie que no haya estado en Caaveiro y en las Fragas del Eume a este mágico rincón y cualquiera que haya estado no necesita que ninguna palabrería más o menos sonora le evoque su encuentro con el viejo bosque.

Cuando regresamos al inicio nuestro guía parecía otra persona: "Bonito¿Eh?" Asentimos todavía incrédulos y nos sentamos esperando lo siguiente, "Ahora vamos a comer a una Cantina, ya verán que les va a gustar mucho porque son muy de aquí y usan productos muy naturales". Sólo siento no recordar el nombre del local, pero teníamos tanta hambre después de la caminata y tan agudizado el sentido del gusto después de haber utilizado los otros cuatro durante la visita al bosque que sólo puedo recordar un festín de carnes, quesos, requeson, miel, setas y otra vez unos de esos vinos traicioneros de Galicia, tan suaves y tan firmes a la vez.

Después de comer, ya muy tarde y algo abotargados, nos dejaron en Pontedeume, callejeando en su trazado medieval y disfrutando de su feirón, que es como allí llaman al mercadillo. No entendimos muy bien el desconocimiento de estas tierras del Eume, pero no nos importó y nos limitamos a disfrutar de esa pequeña joya aun desconocida hasta que, ya con el cielo en penumbras, acudimos a la cita con nuestro ya cómplice guía, que respetó nuestro unanime sueño hasta que en el aparcamiento del hotel nos anunció nuestra llegada: "Despierten, perdón... ya hemos llegado. Espero que les haya gustado. Mañana ya un día más tranquilito. Buenas noches".

martes, 1 de octubre de 2013

Volver a Madrid

Prometí volver a hablar de Madrid, esa ciudad tan injustamente tratada en cuanto a su profusión de riquezas. Recientemente, recién llegado en tren a la estación de Atocha, decidí coger un taxi hasta el hotel. Era una tarde-noche lluviosa y gris de esas primeras de otoño que nos obligan a rebuscar en el armario en busca de ilocalizables prendas de abrigo. Una vez llegados al paseo del Prado, con sus frondas iluminadas por tantas luces urbanas vuelvo a encontrarme el imponente Ministerio de Agricultura, la cuesta de Moyano con sus casetas de libros, el Jardín Botánico, el Museo del Prado, el Ritz, el Palace, el Tyssen, la Plaza de la Lealtad, la Bolsa o el Museo Naval, que es en el Prado como ese pariente raro al que se le tiene cariño sin hacerle mucho caso.Ya llegados a Cibeles me encuentro a la diosa custodiada por el Palacio de Linares, el de Comunicaciones, el Banco de España y el Palacio de Bellavista, sede del Cuartel General del Ejército. Desde este nudo sentimental puedes dirigirte a la Plaza de la Independencia, con su puerta de Alcalá y su entrada al Retiro; dirigirte hacia la Puerta del Sol por la Calle de Alcalá; hacia Colón por el paseo de Recoletos y la Castellana o hacia la Gran Vía, Callao y la Plaza de España. Yo recomiendo ir cuatro días y hacer todos estos recorridos sin prisa, y recomiendo subir a las azoteas que están siendo colonizadas por locales de moda, y recomiendo otra vez el tapeo en la plaza Mayor, el recorrido reposado por el Retiro, un animado paseo por Alcalá o el Madrid gamberro de Santa Ana, Huertas y alrededores, que nunca duerme y está plagado de tantos sabores y sonidos de toda hispanoamérica. Tal vez me equivoque, pero creo que el centro de Madrid, con sus Luces de Bohemia, su casa del Ratón Pérez, los ecos de los duelos a espada, las letras de Huertas y los palacios sigue siendo un poco el corazón de todos los hispanos a lo largo y ancho del mundo; por eso es tan fácil sentirse como en casa y por eso acoge tanta gente de fuera. La verdad es que yo he venido tantas veces que ya no es raro que a veces no disfrute de sus calles y me meta en un metro y forme parte de la corriente, pero cuando vengo con tiempo sigo tratando de recorrer la Cava Baja, de pasear por la Latina, Sol, la Plaza Mayor y su arco de Cuchilleros, con sus cuevas de Luis Candelas y sus bandoleros, con sus tablaos y con sus fotos de Hemingway. En Madrid siempre puedes alardear de algo. Bajando a la Calle San Miguel hay un pequeño bar, simpático, que anuncia en su puerta cercana al archi-castizo Botín que Ernest Hemingway nunca estuvo allí. Entre eso y unas croquetas y unas pavías de bacalao en Casa Labra te quedas atrapado para siempre, y si no te atreves a ir solo me llamas y te acompaño; siempre es agradable volver a Madrid.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Siete días en Galicia. Día dos.

Cuando llegamos a la cafetería del hotel se nos acercó una joven sonriente de voz cantarina anunciándonos que ella sería nuestra guía en La Coruña. Bastante más charlatana que el guía del día anterior empezó a explicarnos que la ciudad que íbamos a conocer era la más rica de Galicia, la más animada y la más bulliciosa. Nos habló de que había quien la llamaba la ciudad de cristal por las galerías de su marina, nos habló de los pesqueros, del mar, de la torre de Hércules, de María Pita. De pronto se ruborizó y a modo de excusa declaró yo soy de allí ¿Saben?

La mañana, aunque fresca, era muy soleada. Nuestro autobús embocó la autopista y una sucesión de prados de color claro y bosques de color oscuro nos trasladó de nuevo al verde. En menos de una hora la autopista desembocó en una gran avenida que desembocó a su vez en una zona portuaria: A la derecha grandes naves, a la izquierda casas de porte señorial. El autobús paró en unos jardines: Los cantones, anunció orgullosa. Su amena y locuaz explicación fue desentrañando los secretos de esa zona: El certamen de cómics, la feria de las comunidades, la del libro, la de artesanía. Nos salió al paso un grupo de personas más europeas que ibéricas, es que hay un trasatlántico ¿Saben? Al final de los jardines empezó a señalarnos las cristaleras, los pesqueros, el pequeño castillo de San Antón. Si vinieran más tiempo se lo enseñaba, pero es que hay muchas cosas que ver. Cruzamos a una bulliciosa calle. Esto es el Obelisco, anunció ante un reloj sobre una columna, aquí lo mejor es callejear y si quieren nos vemos en una hora en María Pita... es la plaza que hay al final. Vagamos por esas calles bulliciosas de tiendas y cafeterías y llegamos a una gran plaza porticada, apenas habían pasado veinte minutos. Dudamos si sentarnos en una de las numerosas terrazas, pero decidimos perdernos por el laberinto de calles que habíamos dejado atrás. Marisquerías, mesones, restaurantes, vinotecas... así como la arteria principal era de tiendas las laterales parecían estar dedicadas casi en exclusiva al hedonismo. Al final tuvimos que apresurarnos para llegar puntuales a la plaza. Allí, pizpireta, nos esperaba nuestra cicerone, que nos explicó que el edificio que teníamos delante era el ayuntamiento, que María Pita había sido la heroína local contra los ingleses, que  en esa plaza en Agosto siempre había espectáculos nocturnos.

Nos dirijamos al cabo al extremo opuesto de la plaza y entramos en la ciudad vieja. Sus calles medievales empezaron a mostrarnos sus tesoros: la iglesia de Santiago, la Colegiata, las Bárbaras, Dominicos, la Plaza de Azcárraga, y acabamos en los jardines de San Carlos. En esa arca se conservan los restos de John Moore, este era un inglés que luchó contra los franceses. ¡Qué nobles coruñeses que erigen un monumento a la heroína que luchó contra los ingleses y al inglés que lo hizo contra los franceses! Desde los jardines se nos ofreció una magnífica vista del puerto, del castillo, de un inmenso crucero y de parte de la ciudad. Hemos contratado un sitio para comer, si quieren vamos yendo. Es un sitio de pescado. Y otra vez esos vinos blancos, y centollas, y cigalas grandes como un brazo, y percebes llenos de sabor a mar. Y después rodaballo. No creo que pudiera mantener mi figura mucho tiempo si viviera en Galicia. Continuamos la visita y nuestra ya amiga, tras un licor café, nos mostró la Maestranza, ahora es el rectorado, y la visión del mar empezó a invadirnos. Si les parece cogemos el tranvía y vamos a ver la Torre de Hércules.  El trayecto, pese a ser breve, le sirvió para explicarnos que la Torre había sido declarada Patrimonio de la Humanidad, que era el único faro romano en funcionamiento del mundo, que al lado estaba el aquarium, que estaba rodeado de pequeñas playas... la Torre y su mar se quedaron grabadas en nuestras retinas desde el primer instante. Aquello que ven es Ferrol, y aquel islote la Marola, aquello es Santa Cruz, tiene un castillito en un islote... siguió revelándonos los secretos de su ciudad, orgullosa como si ella misma lo hubiera construido. Continuamos el paseo a pie, esa playa que ven es el Orzán, y la anterior es el Matadero, eso es la Domus, allí enfrente está el monte de San Pedro, hay unos cañones y un parque, es precioso. Aquí hay muchos museos, está el de Ciencia, la Domus, el del Castillo de San Antón, el Provincial, la Casa de las Ciencias... siguió y siguió hablando mientras andábamos por un gran paseo marítimo, contemplando las olas y a los bañistas divertirse en ellas. El problema es que en un día no les da tiempo a ver nada ¿Quieren ver algo en concreto? Todos negamos, su hipnótica charla acompasada a nuestro paso nos iba guiando por su ciudad, piedra tras piedra, y nos iba mostrando el mar y el verde, la piedra y el cristal, lo antiguo y lo moderno, hasta que plaza tras plaza (esta es la plaza de Pontevedra, esta es la plaza de Lugo, esta es la plaza de Orense) regresamos a nuestro punto inicial. Lo que siento es que no han podido ver nada. La tranquilizamos explicándole que ya sabíamos como eran las visitas turísticas, que no se preocupase. En el autobús siguió charlando y contándonos más cosas de su querida ciudad. Creo que la mitad las he olvidado ya, pero no puedo más que agradecerle la pasión que puso en mostrarnos su pequeño mundo, del que tan orgullosa se sentía.

Al aparcar el autobús en el hotel allí estaba nuestro guía del día anterior: Mañana pónganse un calzado cómodo. Vamos a andar.

viernes, 16 de agosto de 2013

Santa Comba

El murmullo de las olas ha ido creando en mí un sopor que me hace no pensar en absolutamente nada. A mi derecha medio veo la ermita, aunque no del todo, y no sólo por la perspectiva, que me permite ver parte de la cubierta y de los muros... la verdad es que no estoy mirando. Miro hacia el mar y observo el decidido volar de las gaviotas, miro la rompiente y la espuma que provoca en las olas. Siento mi piel tirante por la insolación y por la sal. No me importa estar un poco quemado, nunca me ha importado. A mi lado está ella con los ojos cerrados. Supongo que está dormida; ayer salimos hasta que no podíamos más. No ha metido ni un pie en el agua, está helada, dice. Yo me he bañado hasta que me ha dejado de doler la cabeza. Mañana me voy otra vez, siempre me voy otra vez y la espera se convierte en ansiedad conforme se acerca mi regreso. Hace tiempo que me di cuenta de que quiero pasar mi vida a su lado. Ella es callada y no lo dice, pero cuando me declaro sus ojos brillan. Estoy casi seguro de que esta historia va a acabar bien, no tengo ningún miedo del futuro y es una sensación que me gusta. Atrás quedaron las inseguridades, las discusiones, los sinsabores, las rupturas. Llegó en el mejor momento, y eso me hace pensar; si hubiera llegado antes habría encontrado a otro, y entonces a lo mejor las cosas serían distintas, y si yo hubiera llegado antes a lo mejor ella no sería la misma... y entonces las cosas serían distintas. De todos modos así es la vida, una sucesión de palos que te van dando forma hasta que te conviertes en un pulpo listo para ser metido en el caldero. ¡Menuda metáfora! Pero en el fondo así me gusta a mí ver a Dios, como un gran cocinero que saca lo mejor de nosotros cuando quiere sacarlo... y eso es lo que sentía yo allá en Santa Comba, con su ermita, su sal y sus olas,mientras mi vista vagaba tratando de sentir el grácil vuelo de las gaviotas. Aquí los gritos de las gaviotas me relajan, aquí no me despiertan haciéndome creer que es el llanto de un niño o el maullido de un gato apaleado, quizá porque Santa Comba y sus gaviotas son ingredientes que mezcló el Gran Hacedor, y en cambio a las otras las mezclamos nosotros con nuestras prisas, nuestros problemas, nuestras basuras... estiro mi brazo y cojo un puñado de arena blanca, tratando de retenerla entre mis dedos como al tiempo que me queda para irme otra vez. Un último baño; a mi izquierda las sombras empiezan a invadir la playa y la gente empieza a irse. No tengo prisa, tal vez si me demoro un poco más no me meteré en el atasco. A mi regreso ella me pregunta si nos vamos a ir ya... no le contesto, enciendo un cigarro y me siento a su lado.

- Creo que ya no nos vamos a ir nunca.

lunes, 12 de agosto de 2013

En la plaza de España

Se va desperezando la mañana y una neblina nos abraza con su frío y húmedo manto. Se oye una flauta, invariablemente. Hay un hombre tras las hojas de los árboles que comienza su letanía incansable. En mi cabeza no escucho la música... cando penso que te fuches... escucho ruido en la cocina, alguien más se ha levantado. Respiro la humedad, que trae olor a ría y a maleza... negra sombra que me asombras... algunos transeuntes empiezan a entrar en escena, la cara recién lavada. Ya no se oyen coches, los han enterrado y a mí no me importa; me gusta. Un abuelo tempranero lleva de la mano a un niño... ó pé dos meus cabezales... están los dos felices, el abuelo y el niño. Tal vez el abuelo piensa que esta vez sí hay futuro, que esta vez sí hay esperanza. Dos peregrinos despistados entran en escena ¿El camino de Santiago, por favor?... tornas facéndome mofa...

El sol se aúpa un poco más. Ya llega el sol a casi toda la plaza... cando maxino que es ida, no mesmo sol te me amostras... pasa un grupo de gente, no muy numeroso, que reivindica algo. Ya no importa qué, todo cambio es necesario... i eres a estrela que brila, i eres o vento que zoa... Casi nadie vive ya esperando algo mejor, todos queremos que al menos se mantenga lo que tenemos. El viejo reloj suena como lo ha hecho desde que tengo recuerdos. Se ha parado y sus agujas aciertan dos veces al día en la hora, como otros aciertan dos veces en su vida en sus decisiones...si cantan es tí que cantas, si choran es tí que choras... ¡Por qué tiene que ser todo tan difícil! ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil?... i es o marmurio do río, i es a noite, i es a aurora... ojalá los que nos sigan no tengan que ver esto ¿Quién mató mi patio de recreo? ¿Es que ya no queda compasión? ¿Ya no hay futuro?... en todo estás e tí es todo... ojalá alguien nos sacara de aquí, ojala existiera alguien valiente... pra min i en mi mesma moras... Yo no pienso quedarme sentado. Me da igual el subsuelo, el pavimento rojo, los cedros que se fueron y los que vendrán. Quiero ser distinto y ofrecer mi sonrisa... nin me abandonaras nunca... quiero ser el abuelo que lleva orgulloso a su nieto de la mano. Quiero mirar atrás y decir que era posible, y que yo sabía que era posible... sombra que sempre me asombras... no pienso resignarme y decir que es por que no hacemos barcos, ni porque no hay trenes. Espera. La flauta se ha callado. Se ha ido la bruma y se ha llevado su abrazo. Tal vez pronto salga el sol.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Herrera

- ¿Entonces habéis roto?
- Bueno, más bien lo hemos formalizado. Roto ya estaba hace tiempo.
- Pues lo siento. Creía que estabais hechos el uno para el otro.
- No sé que significa eso exactamente - Sacó un cigarro del bolsillo del anorak y lo encendió - Estar hechos el uno para el otro... mira, llegó un momento en que las cosas que me molestaban, o con las que no estaba de acuerdo, se las decía a mis compañeros del trabajo, o a vosotros. Ninguna relación puede soportar eso. Una verdadera pareja intenta arreglar las cosas entre los dos, no desahogándose con otros.
- Ya, pero lo pasabais bien juntos.
- Tu lo has dicho: Lo pasábamos, pero hace tiempo que no. Mi guitarra se convirtió en otra vez la guitarra, salir de copas en estoy muy cansada, las excursiones por la ría en mañana trabajo... ¿Acaso no te has dado cuenta de que ya no soy como antes?
- Ninguno somos como antes.
- Ya ¿Y los partidos de los sábados? ¿Y las barbacoas en la Estación Torpedista? ¿Y los baños en Chamoso? ¿Se acabó todo?
- ¿De quién hablas, tío, de ella, de vosotros o de ti?
- No lo sé, macho, no lo sé.
-Bueno ¿Y piensas hacer algo al respecto?
- Creo que me voy.
- ¿Que te vas? ¿Adonde te vas?
- No lo sé, quizá a Madrid. Lo estoy pensando.
- ¿A Madrid?¿Qué vas a hacer tú en Madrid? ¡Si tu eres más ferrolano que la plaza de Amboage!

Lo miró fijamente, sin decir nada. Después dirigió su mirada hacia el Arsenal, con sus modernas fragatas a un lado y las viejas al otro acumulando herrumbre.

- La vida es así. Hoy por hoy todo me recuerda demasiado a ella - Aspiró el humo con una larga calada - A veces hay que dar un paso, tío, no nos podemos quedar anclados en el pasado.

Tal vez la visión que se desplegaba ante sus ojos era una metáfora del cambio; los nuevos y pujantes proyectos de la marina llevándose los laureles y los viejos barcos ya amortizados, sin agradecimiento y con sólo el cariño de unos pocos.

- Te echaremos de menos.
- Y yo. A vosotros y a todo lo que dejo aquí.
- Anda, vayamos a tomar algo.
- Venga, pero un par de cañas y a casa.

Dejaron atrás los viejos jardines, con su decadente estado otoñal y sus hojas por el suelo. Una pareja se hacía confidencias en uno de los bancos más discretos. Un borracho apuraba una litrona "Compis ¿Me dais para un café? Sus cansados pasos los llevaron hacia la calle Real. Empezó a llover de nuevo.

domingo, 19 de mayo de 2013

Chamorro

Apagó el cigarro contra el pretil del mirador.

- Lo que me molesta no es pensar en si me quieres o no- Encendió otro y le dio una profunda calada - lo que no puedo soportar es esa sensación que transmites de tener la sartén por el mango.
- No hay quien te entienda.
- No me importa, no se trata de que nadie me entienda. Hace tiempo que creo que da igual lo que haga, porque todo está sujeto a tu escrutinio.
-Me molesta muchísimo que hables así.
- Ya - Hace tiempo que su mirada se perdía en el horizonte - Eso es exactamente a lo que me refiero.
-¿Estás insinuando algo?
- Yo no insinúo nada, me limito a constatar lo que ambos sabemos.
- No lo digas.
- Da igual que lo diga o no, eso no va a cambiar el hecho de que esto se acabó.
- ¿Entonces piensas dejarme?

La observó detenidamente, evaluándola como si fuera la primera vez que la veía.

- Ni siquiera sé por qué estamos juntos.

Ella empezó a llorar.

- Después de todo lo que hemos pasado...
- No creo que realmente te importe. A mí seguro que me da igual, pero ten en cuenta una cosa -Ella lo observó con los ojos llenos de lágrimas - Cuando encuentres a otro no intentes cambiarlo. Si te gusta trata de disfrutarlo, y de comprender que hay cosas que no serán exactamente como tú quieres.
- Pero yo te quiero.
- A mí no. Tal vez quieras a quien creías que era, o a alguien que se parecía a mí hace tiempo, pero ten por seguro que a mí no me quieres.
- ¿Entonces se acabó?
- Hace tiempo que se ha acabado, no sé a qué viene está pregunta.

Ella sonrió. De pronto se dio cuenta de que él tenía toda la razón, y que al fin y al cabo no tenía ninguna importancia. Sí le quería, muchísimo, pero no era él. La próxima vez... ¿Qué próxima vez? Observó las primeras luces de Ferrol. "Desde aquí todo se ve distinto".

- ¿Me das un cigarro?
- Creí que lo habías dejado.
- Ya. Hay tantas cosas que no sabemos el uno del otro.

martes, 30 de abril de 2013

Adiós, ovejitas

Hace ya muchos años alguien me dijo que cuando vas en coche y encuentras ovejas hay que despedirse de ellas diciendo adiós, ovejitas, y que así siempre tendrías dinero. Independientemente de la motivación para despedirse de tan bucólica cabaña – el dinero, qué cosa tan poco romántica – desde ese día soy incapaz de no levantar mi mano y cumplir con el ritual. Hace mucho que lo hago como homenaje a la relación de un padre con sus hijos, como canto a la ingenuidad tan necesaria en este mundo. Cada vez que me cruzo a la merina, a la latxa, a la churra, a la ovella… les digo adiós y me acuerdo del que me enseñó el truco de magia y  se lo agradezco, y si alguna vez hubo algo malo entre nosotros lo olvido, y si alguna vez me hizo daño, le perdono. Adiós, ovejitas: cuidarlo y que le vaya bien, y cuidarnos también a los demás. Adiós, ovejitas: Devolvedme la inocencia y hacerme ser tan indulgente con los miedos ajenos como lo soy con los míos. Adiós, ovejitas: Llevaros el dinero lo más lejos posible o repartidlo para que a nadie le falte, y haced que nadie sufra por su falta. La próxima vez que cruce España, que será pronto, volveré a encontrarme un rebaño paciendo silencioso tras los cristales del vehículo que me lleve, y volveré a decirles adiós, y volveré a pensar en que gracias a Dios a mí el dinero, sin ser rico, nunca me ha faltado. La próxima vez que las vea, escuálidas y ajenas a nuestros problemas, me despediré y les pediré que se lleven al viejo zorro que ha decidido vivir dentro de mí y me devuelvan al niño que corría con las rodillas arañadas y llenas de tierra porque las campanas del reloj daban las diez. La próxima vez…

viernes, 26 de abril de 2013

El fuerte

La primera vez que fui a Chanteiro alguien me contó (uno de mis hermanos mayores, mi padre) que si vas por el camino que bordea la playa por la izquierda te encontrabas un fuerte. Supongo que mi fecha de nacimiento hizo que me imaginara una empalizada cuadrada con soldados vestidos de azul vigilando en sus garitas. Era pequeño y durante el paseo no llegamos a encontrar cosa alguna que respondiera a mis expectativas. Volví en la adolescencia y en mi cabeza todavía pervivía la imagen del fuerte de los clics, de tal manera que inicié un corto e infructuoso paseo por los bosquecillos que rodean la zona. Con los años fue cobrando fuerza en mi cabeza la idea de que en realidad mi informador había confundido las baterías del Segaño con mi soñado campamento; en cierto momento de mi vida se convirtieron para mí en lugar de obligada visita y se fue atenuando en mi cabeza la idea original, hasta que ya en una época más reciente me fui informando de la profusión de fuertes, parapetos y pequeñas baterías del sistema defensivo del Golfo Ártabro, especialmente de los restos de la batería existente entre Chanteiro y Cervás, que conocí por motivos laborales. No puedo decir que fue un triunfo ni una decepción; conocía de antemano el grado de deterioro de todos estos enclaves y no me sorprendió la visión de unas murallas semi-ocultas por una profusa vegetación. Tampoco puedo decir, sin embargo, que me aliviara confirmar que en Chanteiro, si coges el camino que bordea la playa por su izquierda, hay un fuerte. Quién sabe, tal vez un día, con los años, encuentre mi empalizada y escuche una corneta llamando a las tropas a formar. Sé que el fuerte sólo existe en mi imaginación, pero aun hoy me llega su imagen cada vez que vuelvo a Chanteiro, oculto entre las sombras de los pinos como lo imaginé por primera vez, tal vez con algún caballo rampante con su soldado vestido de azul.