martes, 5 de noviembre de 2013

Teleacoso.

Tres de la tarde. Un hogar cualquiera de España -ignoro si a mis lectores de otros países les pasa lo mismo- donde una familia trata de aprovechar ese sagrado momento de la comida. Suena el teléfono y una sonora y armoniosa voz de allende los mares nos saluda de forma más que correcta de parte de alguna empresa de servicios, normalmente de telefonía. "Mire, lo siento, no estoy interesado". No importa, continúa la letanía acerca de la irrenunciable oferta que van apresentarnos. "En serio, de verdad, estoy comiendo y llevo algo de prisa". Caso omiso, invocación al derecho a ejercer su trabajo con libertad y ligero cambio de tono hacia otro más imperativo. Requerimiento de un nombre para dirigirme a tí, "es que ya le he dicho que no estoy interesado y que estoy comiendo". Tono algo más airado en el que se nos exorta a escuchar la oferta. "Perdone ¿Usted sabe que abandoné su compañía porque no me daban información?", voz aliviada con un nuevo argumento: Eso es lo que estamos haciendo, caballero... podría continuar hasta el infinito, que es el límite que parecen tener los tele-acosadores a la hora de dar la lata. A mí me han llamado en casi cualquier momento del día deseándome las buenas tardes, días o noches (por lo menos podían decir desde dónde llaman, porque a mí me han dado las buenas noches a las once de la mañana). Este mundo se ha convertido en algo ridículo en el que el hecho de tener un terminal de telefonía te hace victima propiciatoria en el altar de las compañías que se creen con derecho a llamarte para cualquier estupidez. A mí personalmente me han timado Telefónica y Vodafone y han tratado de hacerlo varias compañías de seguros, además de unos supuestos técnicos del gas y alguna empresa on-line de piratillas informáticos. Yo desconozco si alguien se lee las condiciones de aceptación de nosequé Real Decreto que hay que firmar cada vez que obtienes una serie de productos, pero estoy casi seguro de que se incurre en ilegalidades permanentemente para interrumpir nuestra vida por un tiempo indeterminado para ofrecernos algún tipo de bien o servicio, y me pregunto para qué están las administraciones si permanentemente nos vemos molestados o timados por la vía de precios pactados o cualquier otra y acosados por compañías que ya han decidido hace tiempo abaratar sus costes de personal deslocalizando a sus teleoperadores, teletimadores o teleacosadores para que sus ejecutivos ganen diez veces más que cualquiera de nosotros. Claro, al final todo es el problema de siempre: La inoperancia e incompetencia de unos políticos sin preparación que no miran por sus votantes, sino por sus partidos. Me pregunto constantemente si la irrupción de esos nuevos partidos enfocados al ciudadno hará que cambien las cosas. Me gustaría pensar que sí, y que esta crisis mundial va a provocar un cambio, una evolución sin la que se haría necesaria una revolución (esto no es mío, es de mi hermano) y que por fin una democracia dejará de ser una oligarquía en la que la casta dirigente decide lo que es bueno para nosotros y lo que no. Y ya hace tiempo que cuelgo a los que me llaman para ofrecerme cosas; eso sí, no sin antes despedirme lo más educadamente que puedo. Faltaría más.

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